Cuando Facebook se cae

Cuando Facebook se cae

La caída de Facebook por 30 minutos parece un asunto banal, pero nos muestra cuán aferrado está a nuestra vida diaria.

En The Social Network, la película de David Fincher sobre el nacimiento de Facebook, un joven Mark Zuckerberg señala que una de las virtudes de su red social es que nunca se cae. Nunca. Esto es parcialmente cierto. Para quienes vivimos el crecimiento de Twitter, muchas veces nuestra paciencia se puso a prueba con la ballena de error (¿la recuerdan?), mientras que Facebook es un servicio bastante más estable.

Pero Facebook también se cae.

Esta mañana, durante cerca de 30 minutos, no tuvimos acceso a Facebook. No podíamos revisar nuestro feed de noticias, no podíamos publicar en el muro, no podríamos mirar las fotos de las ex novias. Nada. Un mensaje de error nos decía que por más que presionáramos refrescar cada dos o tres minutos, no podíamos entrar.

Las reacciones cuando Facebook no sirve son muy entretenidas de ver. Muchos nos volcamos a otra red social –especialmente Twitter– para comentar que no podemos entrar a una red social (un comportamiento que, dicho sea de paso, ocurre también a la inversa–. Los community managers no saben qué hacer: todo su trabajo pierde la razón de su existencia y nos recuerdan fugazmente cuán frágil es su posición laboral.

(Me pregunto si alguno de ellos habrá pensado en un escenario apocalíptico en que las redes sociales pasen de moda. Oh, oh. Debe quitarles el sueño.)

Seamos o no usuarios asiduos de Facebook –yo, por ejemplo, me considero esporádico–, todos notamos cómo el ambiente se enrarece cuando la red social nos falla. No nos engañemos: hablamos de un sitio web en el que 1 de cada 5 individuos del planeta Tierra tiene cuenta. Si a ti no te afecta directamente, es casi seguro que a alguien junto a ti o relacionado contigo sí.

¿Es darle demasiada importancia a algo banal? Quizá para algunos. Para otros, la caída de Facebook significa pérdidas de ventas, falta de visitas a sus sitios web, menos exposición, tiempo perdido. Hay una economía del Facebook, así como hay quienes centralizan su comunicación cotidiana, sus relaciones personales, su vida amorosa ahí. Pues sí, cuando Facebook cae, a muchos el mundo se les cae – aunque sea un pedacito.

Pero pasaron 30 minutos y el planeta no dejó de rodar. Regresó Facebook y mucha gente, casi instintivamente, corrió a publicar sobre la caída, sobre lo que hicieron (o no hicieron) en ese lapso. Facebook es a menudo tautológico (¿y qué red social no lo es, para tal caso?). Luego la vida sigue su curso y esa media hora de silencio se vuelve anécdota, se pierde en el mar de actualizaciones de estado.

Cuando Facebook se cae, alcanzamos a percibir –aunque sea un atisbo momentáneo– lo inconmensurable que es para la vida cotidiana. Pero entonces se levanta y el leviatán vuelve a parecernos normal, cotidiano; de nuevo nos engulle y se nos olvida que hace 10 años no estaba ahí y que quizá en 10 años no esté más. Entonces otra frase de The Social Network cobra todo sentido. Un febril Sean Parker mira a Zuckerberg y le espeta:

Vivíamos en granjas, vivíamos en ciudades. ¡Ahora vamos a vivir en Internet!

Saludos, habitantes de Facebook. Vecinos somos.