Durante más de 15 años, el smartphone fue el centro absoluto de la vida digital: banco, cámara, mapa, chat, agenda y consola portátil en un mismo rectángulo brillante. Pero algo está cambiando.
Los gigantes de la tecnología ya hablan sin tapujos de “lo que viene después del teléfono” y están probando todo tipo de artefactos: pines con inteligencia artificial, lentes de realidad aumentada, wearables conversacionales y gadgets que prometen acompañar a las personas sin que tengan que sacar el móvil del bolsillo… o sin tenerlo siquiera.
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La pregunta ya no es si habrá un “post-smartphone”, sino qué forma tendrá y quién logrará imponerla.
El club de los que quieren matar al smartphone
Todo este movimiento quedó muy claro en una escena que recoge The Economist: Laurene Powell Jobs preguntó a Sam Altman y a Jony Ive en qué andaban metidos con IA. Los dos esquivaron un poco la respuesta, pero Altman dejó caer una pista clave: el dispositivo en el que trabajan se sentirá “distinto al iPhone”.
Para describir el teléfono actual, Altman lo comparó con caminar por Times Square: ruido, luces, distracciones constantes. La nueva idea iría en la dirección contraria: algo más silencioso, contextual y menos invasivo que una pantalla que exige atención todo el día.
OpenAI ya adelantó que va “en camino” de presentar su dispositivo en la segunda mitad del año. Apenas dos días después de ese guiño, Apple dejó saber que trabaja en su propio pin portátil con IA, una especie de broche inteligente que también intentará adelantarse a la jugada.

Mientras tanto, Meta lleva rato apostando por las gafas inteligentes y estaría desviando recursos desde sus visores de realidad virtual para acelerar el desarrollo de lentes de realidad aumentada “para todo el día”. La apuesta es clara: si el próximo gran dispositivo va en la cara, mejor que lleve su logo.
Amazon tampoco quiere quedarse fuera: con Alexa+, su nueva versión del asistente, planea extender la voz de la IA a parlantes, gafas y audífonos. La idea es que la persona pueda interactuar con el asistente sin pantalla y en cualquier lugar.
Por qué el smartphone tiene la cuesta cada vez más empinada
Detrás de todos estos inventos hay un contexto nada menor: el mercado móvil se está enfriando. Según datos citados por The Economist y la consultora Counterpoint Research, los envíos globales de smartphones podrían caer alrededor de un 6% este año, bastante peor que lo previsto inicialmente.
A eso se suman dos golpes duros:
Por un lado, el precio de las memorias se ha disparado porque los centros de datos para IA se están llevando buena parte de la producción.
En los últimos 15 meses, el costo de los 12 GB de DRAM típicos de un gama alta habría subido unos 70 dólares, presionando tanto a marcas baratas como a gigantes como Apple.
Por otro, la llamada “guerra de las fundiciones”: durante años, los fabricantes de smartphones fueron los clientes estrella de compañías como TSMC.
Ahora, quien manda es la IA. Chips para Nvidia y otros diseñadores de modelos generativos dejan más margen, así que los teléfonos empiezan a perder prioridad en la fila.
En este escenario, no es raro que las grandes tecnológicas quieran mover a los usuarios a nuevos dispositivos más alineados con sus modelos de negocio.

Cada empresa empuja el futuro que más le conviene
El “post-smartphone” no es un único gadget mágico; es, más bien, un tablero donde cada gigante intenta empujar su propia visión:
- Meta sueña con gafas que permitan compartir todo el tiempo y sin fricción, aumentando la presencia en redes y, de paso, los ingresos publicitarios.
- Amazon quiere más parlantes, audífonos y wearables con Alexa para recolectar más datos y hacer que comprar en su marketplace sea tan fácil como hablar.
- OpenAI ganaría mucho si las personas adoptan asistentes conversacionales que sirvan de capa intermedia entre ellas y el mundo digital, reduciendo la dependencia de las pantallas tradicionales.
- Apple busca mantenerse en el centro del ecosistema premium, ya sea con un iPhone, un pin con IA o unas gafas que se integren de forma perfecta con el resto de sus productos.
Detrás del discurso de “experiencias más naturales”, hay algo muy concreto: quien controle el dispositivo principal, controla la relación con el usuario… y la facturación.
El problema: el heredero todavía no está listo
Sobre el papel, todo suena a ciencia ficción cercana. En la práctica, la realidad es mucho menos glamorosa.
Las gafas inteligentes apenas suman unos 15 millones de usuarios en el mundo, una cifra ridícula comparada con los cientos de millones de iPhone y otros smartphones que se venden cada año.
Los dispositivos alternativos tienen problemas muy terrenales: batería que dura poco, sobrecalentamiento, dudas de privacidad, diseños poco discretos y, en algunos casos, fracasos sonoros como el pin de IA de Humane.
Incluso sus propios creadores admiten que, por ahora, muchos de estos aparatos dependen del teléfono para hacer buena parte del trabajo pesado: procesamiento, conectividad, gestión de cuentas, pagos y más.

¿Jubilarán al smartphone… o terminarán siendo sus asistentes?
Por ahora, la amenaza al dominio de Apple y Google es más teórica que real. El smartphone sigue siendo el centro de la vida digital y, en muchos casos, el cerebro que coordina a todos esos nuevos cacharros con IA.
Lo interesante no es tanto si el teléfono “morirá” de golpe, sino cómo puede ir perdiendo protagonismo.
Es posible que el futuro no sea un reemplazo directo, sino una constelación de dispositivos donde el usuario interactúe más con la voz, los gestos y los lentes, y menos con la pantalla rectangular de siempre.
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Los proyectos para jubilar al smartphone ya están en marcha. Falta ver si logran algo más que sumar accesorios al bolsillo… o si, con el tiempo, ese rectángulo que lo cambió todo termina siendo solo una pieza más de un ecosistema en el que la inteligencia artificial está siempre presente, aunque casi no se vea.
