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Archivos de Epstein revelan planes para usar tecnología de “borrado de memoria” mediante estimulación magnética

Los nuevos archivos de Jeffrey Epstein revelan un plan para financiar ciencia capaz de borrar memorias mediante pulsos magnéticos.

Jeffrey Epstein.
Jeffrey Epstein. Documento difundido por el Departamento de Justicia sobre la investigación en el caso Epstein. (Jon Elswick/AP)

Los correos electrónicos de Jeffrey Epstein continúan exponiendo una red de intereses que va mucho más allá del tráfico de influencias.

Entre los documentos desclasificados este febrero de 2026, ha surgido una comunicación donde el magnate discutía el uso de la Estimulación Magnética Transcraneal (TMS) no para fines terapéuticos, sino como una herramienta para el borrado selectivo de memoria. Según reporta Bhaskar English, Epstein buscaba financiar investigaciones que permitieran manipular los recuerdos de las víctimas, utilizando pulsos magnéticos para “editar” la narrativa de los traumas, lo que añade una dimensión tecnológica escalofriante a su historial de abusos.

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¿Es posible borrar recuerdos con imanes? La ciencia detrás del horror

La Estimulación Magnética Transcraneal (TMS) es una técnica médica legítima utilizada actualmente para tratar la depresión severa y otros trastornos mediante el uso de campos magnéticos para estimular células nerviosas en el cerebro. Sin embargo, los correos de Epstein revelan su interés en la re-consolidación de la memoria:


  • El concepto: La idea de que, cuando recordamos algo, ese recuerdo se vuelve maleable antes de volver a “almacenarse”.
  • La propuesta de Epstein: El uso de ráfagas intensas de TMS durante ese periodo de maleabilidad para interrumpir la conexión neuronal y, teóricamente, eliminar el rastro del recuerdo.
  • El objetivo: Expertos sugieren que Epstein buscaba esta tecnología como un mecanismo de impunidad, intentando silenciar a sus víctimas mediante la alteración física de sus capacidades cognitivas.

Ciencia ética vs. pseudociencia criminal

Aunque la ciencia actual ha logrado inhibir ciertos miedos en entornos de laboratorio controlados, la idea de un “borrado de memoria” quirúrgico y selectivo sigue siendo, afortunadamente, inalcanzable con la precisión que Epstein deseaba.

No obstante, el hecho de que estuviera buscando activamente científicos para financiar este tipo de “biohacking” éticamente reprobable demuestra su obsesión por el control absoluto.

Este hallazgo subraya la necesidad de regulaciones estrictas sobre las tecnologías de neuroderechos, un tema que en este 2026 ya está en las agendas legislativas de varios países para evitar que los avances en neurociencia sean utilizados como herramientas de opresión o borrado de evidencia criminal.

La red de científicos y el concepto de “borrado a medida”

Nuevos documentos revelan que Epstein no solo especulaba sobre estas tecnologías, sino que mantenía una comunicación fluida con figuras clave de instituciones como el MIT y Harvard para entender la viabilidad de interrumpir la memoria a corto plazo. En correos específicos de 2014 dirigidos a directivos de laboratorios de élite, el magnate consultaba si existían avances publicados sobre técnicas capaces de “limpiar” recuerdos recientes antes de que se consolidaran en la memoria a largo plazo.

Esta búsqueda sugiere una intención deliberada de crear un entorno de impunidad tecnológica, donde las víctimas no solo fueran silenciadas mediante coacción, sino mediante la alteración física de sus redes neuronales, utilizando a científicos de renombre como consultores involuntarios (o cómplices) de sus teorías de control.

El debate de los “Neuroderechos” en 2026

La desclasificación de estos planes ha acelerado el debate sobre los neuroderechos en organismos internacionales como la UNESCO y legislaturas locales. Lo que los correos de Epstein exponen es el peor escenario posible para la neurotecnología: el uso de herramientas de estimulación cerebral profunda no para curar la depresión o el trauma, sino para ejercer una “violencia cognitiva” que priva al individuo de su propia historia.

Expertos en bioética advierten que este caso debe servir como un precedente crítico para prohibir cualquier investigación que busque la manipulación de recuerdos sin un fin terapéutico estrictamente regulado, asegurando que la privacidad mental sea protegida como un derecho humano inalienable frente a quienes ven en el cerebro el último territorio a conquistar.

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