Richard Stallman, una de las figuras más polarizantes y respetadas en la historia de la informática, ha vuelto a alzar la voz para cuestionar uno de los pilares de la tecnología moderna.
En una reciente intervención, el creador de GNU y principal impulsor de la ética en el software libre ha dejado claro que el término “Inteligencia Artificial” le parece, en el mejor de los casos, una imprecisión publicitaria y, en el peor, una mentira flagrante.

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Para Stallman, lo que hoy conocemos como sistemas avanzados de aprendizaje profundo y modelos de lenguaje no son más que herramientas estadísticas complejas que carecen de la esencia misma de lo que significa ser inteligente, marcando una distancia abismal entre el bombo publicitario de Silicon Valley y la realidad técnica de las máquinas.
La trampa de la “Inteligencia Fingida”
La propuesta de Stallman para corregir este “error semántico” es el término “Inteligencia Fingida”. Según el activista, el verbo fingir describe con precisión lo que hacen sistemas como ChatGPT o Claude: imitar el comportamiento humano a través del procesamiento masivo de datos sin comprender realmente el significado de las palabras que generan.

Stallman argumenta que estas herramientas no tienen conciencia, intenciones ni capacidad de juicio crítico, sino que operan bajo un mecanismo de predicción probabilística.
Al llamarles “inteligencia”, la industria tecnológica induce al público a creer que estos sistemas poseen una sabiduría o una autoridad que no tienen, facilitando que se acepten como verdades absolutas resultados que son meramente cálculos matemáticos sin contexto real.
Un riesgo social basado en la confianza ciega
El peligro detrás de esta terminología, advierte Stallman, no es solo técnico, sino profundamente social y ético. Al otorgarle el estatus de “inteligencia” a un software que simplemente “finge”, la sociedad tiende a delegar decisiones críticas a algoritmos opacos y cerrados que pueden perpetuar sesgos o generar desinformación de manera sistemática.

El pionero del software libre insiste en que estas tecnologías, por su naturaleza privativa, son cajas negras que restringen la libertad del usuario y centralizan el poder en manos de unas pocas megacorporaciones.
Para él, aceptar que la IA es inteligente es el primer paso para rendir nuestra autonomía ante herramientas que, por diseño, están hechas para simular una humanidad que jamás podrán alcanzar.
La necesidad de una desconexión crítica
Fiel a su filosofía de décadas, Stallman invita a la comunidad tecnológica a despojar a la IA de su aura mística y a verla como lo que es: un software que puede ser útil en tareas específicas de procesamiento, pero que nunca debe ser confundido con un interlocutor válido o una fuente de verdad moral.
Su postura busca romper el hechizo del progreso tecnológico inevitable, recordándonos que el lenguaje que utilizamos para describir las herramientas define nuestra relación con ellas.
En un mundo que parece cada vez más fascinado por la simulación, Stallman vuelve a ejercer su papel de conciencia crítica, recordándonos que la verdadera inteligencia requiere una libertad y una ética de las que estas “máquinas de fingir” carecen por completo.
