Cuando alguien con casi un siglo de vida y más de seis décadas de carrera habla de cine, la industria suele prestar atención. Y eso fue exactamente lo que ocurrió cuando Yoji Yamada, director clásico japonés y figura clave del cine de posguerra, subió al escenario de los Blue Ribbon Awards para recoger el galardón a Mejor Director por TOKYO Taxi.
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En lugar de limitarse a los agradecimientos formales, Yamada aprovechó el micrófono para lanzar una especie de alarma cultural: el anime no solo domina la taquilla, está dejando al cine de imagen real en una posición preocupante.
Números récord… con truco
En el papel, 2025 fue un año de fiesta para los cines japoneses. La recaudación superó los 274 mil millones de yenes, un récord histórico que cualquier informe corporativo vestiría de éxito absoluto.
Pero Yamada se encargó de pinchar el globo:“El crecimiento en las ventas fue por la animación”, señaló sin rodeos.
Lo que parece un renacimiento del cine en salas es, en realidad, una ola impulsada casi por completo por grandes producciones animadas: franquicias mastodónticas, adaptaciones de mangas ultra populares y fenómenos como Demon Slayer o Jujutsu Kaisen que convierten cada estreno en evento nacional.
Mientras tanto, las películas live-action, esas de drama humano, actores reales y guiones pausados, pelean por migajas de atención y pocas pantallas.
El cine de carne y hueso, arrinconado por los “dibujos”
Yamada no habló desde el desprecio a la animación, sino desde la preocupación por el equilibrio. Para alguien que vio la época dorada del cine japonés, el panorama actual se siente casi irreconocible.
En su discurso dejó claro que “las cosas no pueden seguir así”:
- Los grandes números de taquilla no reflejan la salud de todo el ecosistema.
- Los estudios y cadenas apuestan cada vez más por lo seguro: marcas conocidas, IPs gigantes, fanbases aseguradas.
- En ese modelo, las producciones realistas, íntimas o de menor presupuesto quedan relegadas a estrenos discretos y carreras cortísimas en cartelera.
Para Yamada, premios como los Blue Ribbon son casi una línea de oxígeno para el cine tradicional: reconocen películas que no pueden competir en ruido mediático con la maquinaria del anime, pero que siguen siendo fundamentales para la diversidad cultural del país.
Una industria que cambió de género principal
La sensación de fondo es clara: el anime pasó de ser “un género más” a convertirse en el motor económico del cine japonés. Eso tiene cosas positivas (más presupuesto, mayor proyección internacional, empleos, innovación visual), pero también un precio:
- Menos espacio para nuevas voces en cine de actores reales.
- Menos riesgo artístico en historias sin marca previa.
- Más presión comercial para que todo parezca franquicia, secuela o adaptación.
Yamada teme que, si la tendencia continúa, las películas de drama humano terminen siendo rarezas de nicho, casi piezas de museo entre tanto blockbuster animado. Japón, país que exporta anime al mundo, podría ver cómo su cine de actores se vuelve invisible dentro de sus propias fronteras.
¿Competencia o convivencia?
La cuestión de fondo no es “anime vs. cine”, sino qué tipo de equilibrio quiere la industria. El anime ha demostrado ser una fuerza imparable, pero eso no significa que el cine de imagen real deba resignarse a desaparecer del foco principal.
La reflexión de Yamada funciona menos como queja de “abuelo gruñón” y más como aviso desde alguien que ya vio varias eras del cine nacer y morir: si todo se convierte en un solo tipo de éxito, el riesgo es que la cartelera gane dinero, pero pierda diversidad.
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En un país donde los “dibujitos” mueven miles de millones y conquistan al mundo, la pregunta que queda en el aire es si Japón será capaz de seguir defendiendo también esas historias pequeñas, lentas y humanas… esas que no llenan estadios, pero sí construyen memoria.
