Ciencia

COVID-19: por qué nos preocupan las mutaciones de la variante Ómicron

¿Todas esas mutaciones que tiene la hacen peor o más preocupante que otras variantes?

La pandemia por COVID-19 nos tiene preocupados desde hace casi dos años. Pero en este tiempo hemos aprendido también que siempre podemos preocuparnos más.

Cada que surge una nueva variante del SARS-CoV-2, existe una sensación de inquietud generalizada. Nos preguntamos si será peor que la variante anterior: sí será más transmisible, si causará una enfermedad más grave. Si evadirá la inmunidad que producen las vacunas, o incluso la inmunidad natural, adquirida por una infección previa.

Claro que todos esos son temores justificados, sin embargo no podemos saber todo eso de una sola vez. Los médicos, epidemiólogos y virólogos observan de cerca a la nueva variante y tratar de entender qué podrían significar los cambios genéticos del virus.

Además se debe observar el desarrollo de los contagios causados por la variante: revisar si hay más casos asociados a la variante y analizar qué síntomas presentan las personas que se contagian.

Todo esto se está haciendo ahora mismo con Ómicron, la variante del coronavirus más recientemente identificada. Y aunque tenemos apenas poco de haberla conocido, ya sabemos algunas cosas que nos pueden dar algunas pistas.

No es el mismo, pero es igual

Ómicron tiene la mayor cantidad de mutaciones, comparada con las demás variantes que ya conocemos del coronavirus.

Estas mutaciones son variaciones en su código genético, que no son tan grandes como para convertirlo en un virus completamente diferente, pero que sí le pueden dar otras características.

En este caso, Ómicron tiene alrededor de 50 mutaciones, de las cuales la mayoría están en la proteína S, o espiga: las puntas del coronavirus que sobresalen de su superficie, y que forman parte de la estrategia de entrada del virus a nuestras células.

La variante Delta que se identificó por primera vez en octubre de 2020 y que hasta ahora sigue siendo la que causa la mayoría de las infecciones en el mundo, tiene 12 mutaciones en la proteína S, contra 32 que hay en Ómicron.

Esto sin duda puede asustar, considerando que las “pocas” variaciones en Delta, la volvieron muy contagiosa, lo que permitió que se extendiera por el mundo.

Sin embargo, el simple hecho de tener pocas o muchas mutaciones, no indica que una variante sea peor que otra. También importa cómo actuarán combinados esos cambios que presenta el virus.

La supervivencia del más apto

Hablar de mutaciones suena como algo que debe venir de eventos terribles o desencadenar tragedia. Pero en realidad son algo mucho más común de lo que parece: son simples errores de copiado en el material genético.

En general cuando esos errores ocurren y dan una ventaja, se terminan pasando de generación en generación.

Así que lo que para los virus son buenas noticias, para nosotros pueden no serlo tanto: un virus más apto puede querer decir que se transmita con mayor facilidad y que termine evadiendo la inmunidad.

Eso es justamente lo que los científicos quieren averiguar sobre las múltiples mutaciones de Ómicron. Para eso revisan lo que hace cada mutación por separado, pero también deben averiguar cómo se comportan cuando se presentan todas juntas.

Por ejemplo, la variante Beta contenía la mutación E484K que indicaba que podía evadir la inmunidad, lo que no pasó, evitando que se extendiera mucho más y al final fue reemplazada por otras variantes como Delta.

De entre las mutaciones que preocupan de Ómicron tenemos a N501Y que puede hacer que el virus se una mejor a nuestras células para infectarlas, lo que se puede asociar con una mayor transmisión. Sin embargo Delta, que es una variante muy contagiosa no tiene esa mutación.

Por ahora mientras conocemos mejor a Ómicron, lo mejor es que sigamos lo más lejos de ella que podamos: con las vacunas que tenemos, pero también usando mascarillas, evitando lugares concurridos y ventilando los espacios cerrados.

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