Labs en construcción: Bloodborne

Labs en construcción: Bloodborne

El alma de From Software y Miyazaki.

Pese a que nunca nadie dijo nada al respecto, antes del estreno de Bloodborne pensaba que el juego sería reducido en su dificultad. Algo así como “adaptarse a los tiempos que corren”.

Nada que temer. Llevo cerca de 10 horas de Bloodborne (durante dos días) y no se cuantas veces he muerto ya. Demasiadas para contarlas.

No es menor el hecho de que el juego mantenga el espíritu de la saga Souls en cuanto a su dificultad. O mejor dicho, no en lo difícil que puedan llegar a ser los combates -que lo son- sino que se mueva contra la corriente en el sentido de jamás llevar al jugador de la mano. “Oye, este juego no tiene mapa, ¿cómo se avanza?” me comentó alguien que me vio jugar.

Mi respuesta fue algo así como “no se, supongo que con paciencia”. Pero ahora que lo pienso de otra forma, no se si Bloodborne me ha pedido tanta paciencia. La primera batalla contra un jefe la superé en el segundo intento y la verdad es que demasiado difícil no es.

El como llegué a esa situación, es otra historia. Una de muchas horas de exploración, memorización de rutinas, algo de habilidad y sobre todo de constante atención al juego. Y también de morir repetidas veces.

Bloodborne está pidiéndome más atención de la que le puedo dar. Estando a kilómetros del control y la consola, ando pensando en rutas alternativas, sectores que por a o b motivos no he revisado, o en recordar que el juego no tiene botón de pausa, ni siquiera jugando offline o presionando el botón de la interfaz.

Ya quiero volver a Bloodborne y supongo que quienes lo tienen pensarán algo parecido en sus tiempos fuera del juego. Esos jefes y esos campesinos con horquillas no se eliminan solos.