El brote de sarampión en Disneyland se pudo haber evitado

El brote de sarampión en Disneyland se pudo haber evitado

Los movimientos antivacunas tienen un impacto devastador en la salud pública.

Un brote de sarampión, que comenzó en Disneyland, se ha esparcido hasta llegar a 100 casos en 14 estados de EE.UU. y ya traspasó la frontera con México, y aunque la probabilidad de morir por la enfermedad es de aproximadamente 1/1000, tenemos en las manos un problema de salud pública que podría ser fácilmente atacado mediante vacunas.

Ya hemos hablado de cómo las vacunas sí funcionan y en “ocasiones salvan millones de vidas”, por eso el sarampión no es un problema “mayor” en los países desarrollados. La gran parte de los niños son vacunados contra la enfermedad a los 18 meses; antes de esta edad, aún se encuentran protegidos por los anticuerpos de la madre. Así pues, los programas de vacunación suelen ser efectivos para contener los brotes; incluso, en algún momento del inicio del siglo, la Asamblea Mundial de la Salud hablaba sobre “erradicar” el mal en 2010.

No se logró y por más que los medios digan que la enfermedad fue “suprimida hace 15 años”, la triste realidad es que no estamos ni siquiera cerca de eso.

Pintemos un escenario típico de un brote de sarampión, similar a lo sucedido en EE.UU, pero que se lleve a cabo en Nigeria, uno de los lugares menos felices del mundo. La enfermedad es altamente contagiosa, su transmisión es aérea y puede reproducirse en diferentes partes del cuerpo (la conjuntiva, los vasos sanguíneos, el tracto urinario) y, tras un periodo de incubación de 4-12 días aparecen los primeros síntomas, los cuales no remiten inmediatamente a la enfermedad, pero sí señalan el inicio del periodo de contagio.

Un brote de este tipo plantea la posibilidad real de sobrepasar las capacidades del sistema hospitalario de un país en vías de desarrollo y  de poner a prueba la de un país desarrollado.

Sin embargo, una serie de padres de familia han tomado la decisión de poner en riesgo no sólo a sus hijos, sino que crearon una verdadera crisis sanitaria cuando decidieron no vacunar a sus hijos. Pero no termina ahí: algunos no han comprendido el funcionamiento de una vacuna y han decidido regresar a la época de las cavernas organizando “fiestas de sarampión”, eventos donde se pone a los niños en contacto con el virus para “inmunizarlos”.

Por su parte, la mención del supuesto vínculo entre el autismo y las vacunas revela una profunda ignorancia sobre el método científico y aumenta el aura de desinformación y estigmatización alrededor del autismo. No me canso de repetirlo y lo voy a seguir haciendo hasta que sea necesario: no hay vínculo alguno para creer que el autismo, un desorden complejo que no puede ser atribuido a una causa común, sea creado por una inyección creada específicamente para fortalecer el sistema inmunológico. Es como argumentar que comer empanadas causa esquizofrenia.

Para representar los peligros de esta ignorante actitud podemos regresar a Nigeria, a inicio del año 2000, donde una actitud similar creada por una combinación lineal de un gobierno qué objetó políticamente las campañas de vacunación y una Iglesia que se opuso, con un argumento de orden teológico, culminaron con la muerte de cientos de niños. O en Indiana, donde en 2005 ya sucedió lo mismo: un brote de sarampión causado por unos padres negligentes que creían saber más de ciencia que los científicos.

No tenemos necesidad de exponer a más niños a este virus ―o a cualquier otro que sea fácilmente prevenible― y, por primera vez en mi vida, puedo afirmar que si no se ha logrado la meta de la Asamblea Mundial de la Salud no es por la burocracia, es por los tercos con entusiasmo que se niegan a vacunar.