Tu peso no sólo depende de qué comes, también de cuándo lo comes

Tu peso no sólo depende de qué comes, también de cuándo lo comes

Desequilibrios en las bacterias intestinales pueden hacernos absorber más calorías y engordar.

Todos sabemos que una alimentación inadecuada puede hacernos ganar peso. Pero un nuevo estudio del Instituto Weizmann, en Israel, ha demostrado que las comidas a horarios irregulares también pueden predisponernos a engordar.

El porqué hay que buscarlo en las comunidades de bacterias que viven en nuestro intestino. Su número y actividad varían a lo largo del día. Algunas especies son diurnas. Adquieren protagonismo durante el día y pasan a un segundo plano durante la noche. Otras muestran el patrón opuesto.

El cuerpo humano en su conjunto se rige por un complejo mecanismo biológico llamado ritmo circadiano. Éste constituye nuestro reloj biológico y regula las funciones fisiológicas del organismo para que sigan un ciclo regular que se repite cada 24 horas y que coincide con los estados de sueño y vigilia (noche/día).

Todas las células de nuestro cuerpo siguen este reloj que, a lo largo del día, va enviando señales químicas que afectan a la temperatura de nuestro cuerpo, a nuestra actividad cerebral, a lo bien que respondemos a un fármaco, al peso corporal… a todo.

Si no dormimos o no nos exponemos a la luz solar lo suficiente, este reloj se desajusta (es lo que pasa cuando experimentamos jetlag) pero basta con recibir de nuevo el estímulo de la luz para que se ponga “en hora”.

Sin embargo, ésto no es válido para las bacterias que viven en nuestro intestino y que nos ayudan a digerir la comida que el cuerpo no puede procesar por sí solo, como los azúcares complejos de los cereales, la fruta y las verduras.

Estas bacterias viven, siempre, en una completa oscuridad así que necesitan otras pistas para saber qué hora es. Y la pista más importante es la comida. Gracias a nuestros ritmos circadianos solemos comer a horas concretas del día y ésto hace funcionar a las especies de bacterias que viven en nuestro intestino. Cuando, por el motivo que sea, los horarios de las comidas se alteran, las poblaciones de bacterias intestinales se modifican y nuestra salud se resiente.

Imagen microscópica de bacterias del intestino humano. Pacific Northwest National Laboratory / (cc) by-nc-sa 2.0

Los científicos del Instituto Weizmann han demostrado la existencia de estas fluctuaciones bacterianas en ratones. Los ratones son, por naturaleza, animales nocturnos. Por la noche es cuando se mueven, salen en busca de comida y queman energía. Durante el día su cuerpo, mucho más relajado, se dedica a tareas de “mantenimiento y limpieza” como eliminar los tóxicos acumulados.

En un experimento, los investigadores metieron a un grupo de roedores en una caja y los expusieron de forma irregular a la luz. Al poco tiempo, los animales empezaron a comer en momentos aleatorios a lo largo de las 24 horas del día y hasta el 60% del total de sus microbios intestinales sufrieron cambios.

Ésto se tradujo en que los ratones que habían estado encerrados tenían más dificultades para controlar sus niveles de azúcar en la sangre y más tendencia a engordar que cualquier ratón normal, aunque ambos hubiesen ingerido el mismo tipo de comida y en la misma cantidad.

Para demostrar que las bacterias del intestino eran las responsables de estos cambios, los científicos trasplantaron microbios de los ratones que habían sido encerrados a roedores libres de gérmenes y observaron que estos últimos se engordaron.

¿Ocurre lo mismo con los humanos?

Para averiguar si estas modificaciones también se producen en humanos ,los científicos israelíes analizaron los microbios intestinales de dos voluntarios antes y después de un vuelo desde los Estados Unidos a Israel.

Comprobaron que, efectivamente, atravesar varias zonas horarias modificaba la composición bacteriana del intestino de las dos personas. En ambos se produjo un aumento en la cantidad de firmicutes, un grupo de bacterias que están asociadas con la obesidad.

Cuando el equipo trasplantó bacterias de estos voluntarios a ratones libres de gérmenes, los roedores se engordaron. Dos semanas después del viaje, cuando ambas personas habían tenido tiempo de recuperarse, sus poblaciones de microbios habían vuelto a sus ciclos habituales.

Diversos estudios han demostrado que las personas que trabajan en turnos de noche y las que realizan viajes largos y sufren jetlag de forma reiterada son más propensas a padecer diabetes e incluso algunos tipos de cáncer. Este estudio sugiere que el desajuste de los ritmos circadianos también puede conducir a la obesidad a través de los microbios que viven en nuestro intestino.

Se sabe que la colección de microbios intestinales varía de una persona a otra y que puede determinar cuántas calorías extraemos y absorbemos de nuestra dieta y depositamos en nuestro cuerpo. Lo que este nuevo estudio indica es que, en una misma persona, un mismo bocadillo o un mismo plato de legumbres no produce la misma cantidad de calorías según la hora del día a la que lo tomemos.

El hallazgo representa un paso más en el largo camino para entender las contribuciones de los microbios a nuestra salud y para buscar soluciones a uno de los males que azotan a la humanidad, la obesidad.