Internet: De lo tangible a lo invisible

Internet: De lo tangible a lo invisible

Cómo pasamos de los discos de AOL a "esa cosa que hace que funcionen las aplicaciones"

Me gusta pensar que el internet no es esa tecnología invisible que las nuevas generaciones interpretan como un derecho básico para que funcione el Candy Crush. Tal vez se deba a que mi historia empezó en los tiempos en que internet significaba algo que unía a muchas computadoras y que su acceso requería conocimientos técnicos y principios básicos negociación para saber cuándo usar la línea telefónica.

Durante muchos años el acceso a la supercarretera de la información —término acuñado durante la administración de Bill Clinton para identificar a internet— se mantuvo intacto. Nos conectamos para ver páginas, porno, descargar warez o mp3 pero siempre con la idea de que había algo del otro lado, algo físico, una computadora, alguien con quien estábamos intercambiando información.

Acceder a internet en México no fue tarea sencilla antes que Telmex popularizara su servicio de Prodigy o que los discos de AOL se regalaran como volantes de centro comercial. Para aquellos mortales que no podían pagarse uno de los costosos enlaces E1 que ofrecía la empresa de Carlos Slim, la opción era hacerse pasar por alumno de ingeniería y acceder a los laboratorios de cómputo de la UNAM.

Decenas de computadoras Sun Microsystems parecían la tierra prometida en 1998, todas conectadas a internet mostrando la página principal de Yahoo. En ese tiempo recuerdo haberme fugado de clases con varios amigos para navegar sin rumbo con ayuda de Altavista. Las sesiones en ese laboratorio eran una especie de lan-party pero sin gritos, solo expresiones como “No me vas a creer lo que encontré aquí”.

Luego migramos a la casa y nuestros hábitos cambiaron. Aprendimos de cables telefónicos o de red para realizar nuestras extensiones, de trucos o claves gratuitas para conectarnos sin pagar un peso. Entendimos que la noche era el mejor momento para conectarse con la ayuda de un modem de 28.8kbps, era el tiempo en que nadie usaba en la línea telefónica. Luego llegó la magia de los 56kbps y los discos completos de Napster era cosa de una noche entera.

La idea de conexión entre computadoras se mantuvo vigente durante mucho tiempo gracias a las herramientas de mensajería. Antes del WhatsApp tuvimos el ICQ y los iconos animados del Messenger fue lo mejor que nos pudo haber pasado. Luego liberamos la línea telefónica e incluso nos atrevimos a vivir sin cables al adquirir una portátil y conectarnos al mundo inalámbrico.

Mientras nosotros nos deleitábamos con nimiedades, muchos empresarios ya experimentaban con PDAs y eran capaces de acceder a su correo o agenda a poderosas velocidades de 9.6kbps. Los primeros smartphones se habían popularizado en Japón a finales de los noventa por cortesía de NTT DoCoMo, sin embargo en occidente pasaron años antes que la gente comenzara a adoptarlos de manera masiva con ayuda de Windows Mobile o Symbian.

(cc) MrTinDC | Flickr

La verdadera explosión debió ocurrir por ahí del 2006 cuando BlackBerry estuvo en manos de todos y comenzamos a entender que no necesitábamos computadoras para comunicarnos. BBM se convirtió en el cliente de chat por defecto y aceptamos pantallas de baja resolución que reproducían de un modo horrendo las páginas, pero estábamos de acuerdo en hacer sacrificios con tal de mantener esa comodidad de no estar frente al PC

La balanza se inclinó hacia el uso de datos en los planes con las operadoras y la gente empezó ver el chat como una alternativa mucho más cómoda que las llamadas de voz. Supongo que 2006 podría ser considerado como el año en que dejamos de hablar por teléfono ya que en 2007 aterrizó el iPhone y un año después las cosas cambiaron radicalmente con la llegada de la App Store.

El concepto de internet se fue moldeando de tal modo que dejamos de verlo como algo tangible. Las conexiones inalámbricas lo volvieron invisible y la idea de “conexión entre computadoras” terminó por enterrarse con el lanzamiento del iPad en 2010.

Hoy en día es común hablar de 3G o 4G del mismo modo como discutíamos las velocidades de Cable o T1 hace 10 o 12 años, la diferencia radica en que internet dejó de ser esa travesura nocturna para convertirse en algo indispensable para que funcione el mundo. Veámoslo así: gran parte o casi todas las aplicaciones que utilizas en tu teléfono o tablet requieren internet.

Sufrimos cuando la señal LTE se cae o cuando no encontramos una conexión inalámbrica abierta. Somos capaces de aceptar ver videos publicitarios con tal de tener acceso al Wi-Fi gratuito del aeropuerto para que nuestros móviles se sincronicen y estemos al pendiente de lo que ocurre en el mundo, o simplemente para poder usar uno de los tantos miles de juegos gratuitos que existen.

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La tendencia del internet es volverse todavía más invisible. Ahora tenemos la moda de vestibles o prendas que aprovechan las bondades de mantenernos conectados para extraer grandes cantidades de datos y ofrecernos información que puede ser útil para saber si llevamos una vida saludable, o simplemente para conocer más de nuestro comportamiento por el mundo.

Con la llegada del Internet de las Cosas los dispositivos conectados se volverán “más inteligentes” y serán capaces de anticipar nuestros gustos por medio de análisis de patrones de comportamiento. ¿Se imaginan una cafetera que anticipa el momento en que entrarán a la cocina por el primer espresso de la mañana? Solo espero que no lleguemos al punto de olvidar lo bonito que es prepararlo de modo manual.

A cuarenta y cinco años de su nacimiento, internet se ha vuelto tan invisible como imprescindible.