Columna

La leyenda del refrigerador

Dentro de un par de años, cuando todos los objetos que nos rodean sean inteligentes, contaremos a nuestros hijos o nietos el mito del refrigerador.

William Gibson dijo una vez, pero no se sabe bien cuándo: “el futuro está aquí, sólo que desigualmente repartido“. La frase es épica: análisis lúcido del presente y profecía a la vez, recorre los avances tecnológicos de los últimos años y nos recuerda el pasado, ambos unidos en un presente curioso y distópico.

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También genera una multitud de sensaciones y reacciones, cambiantes con el tiempo (a medida que el presente continúa su marcha imposible hacia el futuro). Uno de los aspectos más terribles de la situación planteada por Gibson es que si no fuese así, si todo el mundo, todas las clases sociales, tuviesen acceso al futuro, no daríamos abasto.

Tener acceso al futuro significa vivir como la clase media de Europa y Estados Unidos – significa consumir y regurgitar a un ritmo frenético marcado por la obsolescencia programada, los aspectos más infantiles y caníbales del capitalismo y un programa de marketing magistral.

7.000 millones de teléfonos por año, porque la cámara es mejor. Porque el procesador es mejor. Porque el sistema operativo es mejor. Pero la inmensa mayoría de los posibles “porqués” son fantasmas o neutrinos. Existen, pero como como sueños o postulados teóricos que no podemos constatar con nuestros sentidos, esas diferencias que nos impulsan a cambiar el teléfono móvil son finalmente ínfimas. Y el futuro del futuro es la internet de las cosas, la idea de que todo debe estar interconectado.

Todo es todo. Cualquier dispositivo tecnológico, no importa cuán específico sea, hoy en día debe estar ya conectado a internet de un modo u otro (aunque sea a Facebook). Una cámara digital, por ejemplo, debe ofrecer la posibilidad de compartir en una red social. Las diferencias en megapixeles ya no importan: hace años que cualquier cámara es suficiente para las fotos de nuestras vacaciones.

Sigue habiendo innumerables avances, pero se trata en su mayoría de iteraciones innecesarias para retratos de vida cotidiana –a fin de cuentas, terminamos dando a las fotos un toque vintage con Instagram–. Que todo esté interconectado, que todo tenga acceso a internet significa que todos ellos tendrán un ciclo de vida mucho más corto, ya que entran en el juego de iteraciones y mejoras caprichosas: ¡mi cámara digital comparte en Flickr pero no en Pinterest! No puedo actualizar el firmware de mi tostadora para que me notifique al iPhone que el pan está listo (¡el horror!).

Este ciclo más corto de existencia tiene una serie de implicaciones muy graves, pero la palabra clave es una sola: basura.

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Todos estos productos que estamos dejando de lado son… basura electrónica. Basura con silicio, plástico barato y microchips acumulados hasta el cielo o flotando en el Océano Pacífico.

(cc) manuelfloresv / Flickr

El futuro del futuro también es el wearable computing, la ropa inteligente. Conjuntos deportivos, vestidos -sujetos a las modas, como siempre, pero ahora con sensores. Ese atuendo inteligente en particular, una vez que un humano de sexo indeterminado del futuro próximo deje de usarlo, irá a pasar a la basura.

Pero no será sólo una modificación genética de la seda, una imitación post-moderna de lo que los antiguos llamaban “seda”: tendrá sensores, toda una gama de componentes tecnológicos que no tomamos en cuenta a la hora de planificar el futuro glorioso de la Singularidad incipiente.

Dentro de un par de años, cuando todos los objetos que nos rodean sean inteligentes, deberemos cambiarlos constantemente –eso no lo muestran en las películas de ciencia ficción–. Y cuando eso suceda, contaremos a nuestros hijos, o nietos (si es que los tenemos, por supuesto) un nuevo mito.

La leyenda de un objeto impensado, que para los estándares del futuro (próximo a ser presente) será algo así como una tortuga de las Islas Galápagos o Matusalén -un símbolo de longevidad. Será la leyenda del refrigerador y contaremos (por videoconferencia o telepáticamente) que fuimos testigos, en nuestra niñez, de los refrigeradores antiguos -objetos que duraban años–.

Podré decir que mi familia usó durante décadas un mismo refrigerador y estos niños hipotéticos del futuro abrirán los ojos de par en par, se asombrarán de verdad. Les contaré que con el paso de los años le cambió el color, que en varios sentidos se había vuelto obsoleta pero que no se le habría ocurrido a nadie cambiarla porque seguía funcionando.

No importaba que fuera más pesada, muchísimo más pesada que heladeras más modernas, que no tuviera algunas características interesantes de los nuevos refrigeradores y que durante la noche generara ruidos que nos hicieran sospechar de la presencia de miembros de la Orden Esotérica de Dagón llamando a los gritos a los hombres-peces en una historia sin publicar de Lovecraft. Pero todavía funcionaba.

Y les revelaré un secreto: les diré que en varias ocasiones dejó de funcionar y en lugar de comprar una nueva que tuviera los últimos features simplemente llamaron a un técnico para que lo arregle. Les diré que yo mismo fui testigo, que vi al técnico trabajar en el equipo y ellos, ilusiones ópticas de un futuro que se encuentra a la vuelta de la esquina, se mirarán entre sí, sin saber si creerme o no.

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