Columna

Columna: ¿Watson y el fin del capitalismo?

Las nuevas tecnologías podrían dar paso a una nueva etapa en nuestra historia, ya no comandada por el capitalismo, sino por algo más.

Si la historia sirve en algo como guía para lo que vendrá, entonces es plausible afirmar que Fukuyama erró al decir que la historia se había terminado con la victoria del capitalismo, que marcó el término de la Guerra Fría. La historia nos enseña que no existe un modelo social eterno (convengamos en que el capitalismo global no es sólo un modelo económico, sino también un modelo de sociedad). El capitalismo global que vivimos llegará a su fin, no ya de la mano de la rebelión proletaria, la lucha armada o en general la guerra, sino quizás por un cambio incubado en sus propios modos; me refiero en particular al desarrollo técnico avanzado que está cambiando el paradigma del mundo mientras avanza a lo que se ha llegado a conocer como una singularidad tecnológica.

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El sociólogo Peter Frase señala cuatro alternativas de ese futuro post-capitalista. En muchas de ellas el factor común corresponde al uso extensivo de tecnologías de vanguardia, llevando a la economía a sostenerse sobre la base de procesos automatizados de producción y reciclaje, todo de la mano de fuentes de energía abundantes y renovables, capaces de eliminar la escasez que explica en parte la imposición de sistemas de administración y asignación de recursos sobre la base de la existencia de mercados competitivos. Eliminando la escasez se elimina también la necesidad del trabajo humano involuntario o trabajo humano de subsistencia que caracteriza a la historia humana y que es fuente de conflictos sociales.

El planteamiento es complejo, no hay duda, y es seguro que en el contexto del liberalismo aún con una automatización de todas las actividades productivas de la economía, existiría otra clase de problemas. Entre ellos, la concentración de la riqueza en manos de los dueños de la tecnología, quienes además de ostentar las patentes industriales,  tendrían los medios de conseguirlas. En otras palabras, para que esa automatización socialice sus bendiciones, esta deberá será implementada por la entidad pública encargada de propender al bien comunitario: el Estado.

La cuestión de la automatización de los procesos productivos y su consecuente impacto adverso en la creación de nuevos empleos es una materia que tiene una historia muy antigua en la literatura especializada. Sin embargo, ese temor nunca tomó forma en sus propios términos hasta nuestros días, con el surgimiento de súper-computadores (a falta de una palabra mejor) como es el caso de la nueva joyita que IBM pretende poner a disposición de las grandes empresas que puedan costearlo. Me refiero a Watson, un gran computador capaz de analizar información desde internet con mayor velocidad y rendimiento que cualquier individuo de la especie humana. Las grandes aplicaciones donde se ha fijado el interés en su uso son la industria médica y las finanzas.

Aquí es donde comienza a perfilarse el escenario futurista que algunos temíamos. Muchas tareas para las que los computadores demostraron ser muy ineficaces tienen que ver justamente con las nuevas habilidades que IBM ha desarrollado en Watson. Darle sentido a los datos, entender la información ingresada y entregar una solución coherente, además de comprender el complejo lenguaje humano y responder a él. Surge entonces el riesgo para aquella parte de la fuerza laboral que se creía no solo intocable por la automatización del trabajo, sino necesaria como complemento de nuestros nuevos amos de silicio, los profesionales de la salud, el derecho, la finanzas y cualquier otra área de conocimiento en que se debe solucionar problemas sobre la base de reglas preestablecidas.

Nada nuevo bajo el sol, dirán algunos, pues hace años que las grandes riquezas del mundo se han hecho de programas avanzados para transar en las bolsas de comercio del mundo a velocidades que ningún computador tradicional y ningún humano detrás de una pantalla es capaz de replicar. Se conoce como High frequency Trading y de lo que estamos hablando es de programas capaces de hacer cientos de transacciones en una fracción de segundo de acuerdo a ciertos parámetros programados para lograr grandes utilidades a través de medios incontrastables por los protagonistas humanos del comercio bursátil.

Entonces tenemos supercomputadores como Watson, capaces de reemplazar en labores de análisis de datos a los profesionales humanos y además programas capaces de hacer transacciones comerciales a enormes velocidades, dejando obsoletos a su vez a los partícipes humanos en los mercados de instrumentos financieros.  Fuera profesionales humanos y un pésimo momento para comenzar una carrera en el mundo de las finanzas.

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¿Estos avances están luchando contra la existencia de la escasez? ¿Están terminando, según lo plantea Peter Frase con la esclavitud pagada de los trabajos humanos de subsistencia o involuntarios? ¿o crearán, en el contexto del liberalismo, una nueva clase de trabajador humano mal remunerado y trabajando para la mantención y funcionamiento de los nuevos algoritmos y máquinas que lo han reemplazado?

La respuesta  hoy es que solo se ha profundizado el modelo vigente. Sin embargo, las promesas de estas tecnologías son enormes y es posible que solo baste que el uso de estas tecnologías pasen al lado del servicio público para comenzar a beneficiar a las comunidades y no sólo a los particulares que pueden adquirirlas. Entonces la pregunta final sería: ¿Cuándo los Estados del mundo comenzaran a usar estas tecnologías para generar riquezas y al fin lograr un equilibrio fiscal que pueda sustentar su papel protector que en muchos países hoy se esta desafiando a la luz de las nuevas políticas de austeridad fiscal?

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