Compartir es un derecho, pero ¿pagarías por servicios como Taringa o Cuevana?

Compartir es un derecho, pero ¿pagarías por servicios como Taringa o Cuevana?

La compleja disputa entre las compañías que defienden un sistema de explotación de contenidos con poca vida contra el consumidor y su derecho adquirido a compartir y el debate sobre qué es ilegal, el que piratea, el que enlaza o el que lucra con compartir.

Hoy temprano en Argentina amanecimos con #FuerzaCuevana como el tema más hablado en la red social Twitter, luego de que durante la madrugada del domingo, el sitio de películas y series online más popular de Latinoamérica sufriera un supuesto ataque de hackers que lo dejaron fuera de línea durante varias horas.

En coincidencia con ese “ataque”, al volver a la normalidad, Cuevana mostraba una nueva y limpia interfaz, con nuevas funciones y una imagen pública a la altura de un prócer de nuestra región. ¿Estrategia de prensa aprovechada al máximo en el momento en que todos hablamos de Cuevana o sólo una renovación adelantada luego del temor producido por el ataque a su servicio? El anuncio de la renovación del sitio se había realizado mucho antes que se difundiera la denuncia que sufren desde la semana pasada.

Desde hace varios meses, cuando comenzaron las denuncias contra Taringa! por violación de la Ley 11.723 y durante toda la semana pasada a causa de la noticia de la supuesta denuncia penal contra Cuevana por parte de Telefé, uno de los dos canales de televisión abierta más importante de Argentina, las aguas se dividieron, los frentes quedaron delimitados y los antagonistas se unieron por una misma causa:  Salvar a Cuevana y a Taringa.

Pero primero y antes de meternos de lleno en el debate, intentemos resumir un poco de que se trata esta disputa y cuál podría ser la alternativa de cambio posible, la cual desde ya que sin el esfuerzo de todas las partes estaría lejos de conseguirse.

La era pre Cuevana

La explosión de consumo de medios audiovisuales comenzó en la década de los ’50 con la masificación de la televisión y los reproductores de audio hogareños, algo que permitió que las masas pudieran tener a sus artistas preferidos a pocos metros de su sillón favorito. Esta revolución cultural generó una necesidad de controlar, administrar y coordinar esfuerzos para que todo el mundo pudiera tener la oportunidad de consumir estos nuevos productos.

Así nacieron grandes monstruos de la industria cultural que aún hoy, fusiones más fusiones menos, siguen existiendo. Concentrados en Estados Unidos y en Europa, los grandes sellos discográficos y estudios de cine comenzaron a reclutar artistas para llenar sus catálogos de historias y canciones más valiosas que una mina de oro, asegurándose así la supremacía en la difusión de esos artistas. Pero como sabemos, en el mundo del arte no sólo existen superestrellas fichadas por una compañía, sino que es mucho más complejo de lo que parece a simple vista. No sólo ganaban dinero por las obras de sus artistas sino por explotarlas durante casi toda su vida, sin que el creador vea el 100% de lo obtenido por su obra jamás. A esto se lo llama Copyright.

Esto no cambió durante 50 años, así es 50 años de ganar más dinero que una petrolera, un banco o incluso una fábrica de automóviles, además de garantizarse la ganancia futura a través de proteger esos “derechos” del autor. Pero el rápido crecimiento de internet reveló una nueva forma de difundir el arte de la manera más democrática y pluralista que jamás se había conocido antes. Esta revolución global demostró que las posibilidades eran infinitas, que la solidaridad y el espíritu de compartir hacían más fuerte una idea, una canción, un cuadro y nacían comunidades como pasto en un jardín.

Incluso, las grandes corporaciones multimedia aprovechaban este nuevo terreno y aceptaban las reglas del juego ofreciendo pequeñas muestras gratuitas de sus artistas para intentar medir la expectativa que generaban y así decidir con qué estrategia salir al “mercado real”. Y acá aparece el primer gran error que cometieron: Pensar que internet no era un mercado real sino una especie de Focus Group de fanáticos testeadores de sensaciones.

El error de las compañías

Lo que siguió no lo pudieron preveer ni los más grandes estudios de analistas de mercado del mundo. Las grandes compañías, reservadas para sólo unos pocos artistas tocados por la varita mágica, encontrados de manera romántica por un productor solitario que recorre los malolientes bares de los sótanos de los suburbios, o a los artistas prefabricados en un laboratorio, no entendieron que internet era un espacio autorregulado y que controlarlo sería casi como querer matar elefantes a chancletazos.

Entonces decidieron ignorarlo. Así nació un espacio para la libre expresión de millones de artistas ignorados por esas corporaciones y que en muchos, pero muchos casos, a la opinión del usuario de internet, eran brillantes promesas. Pero claro, un ejecutivo puede tener pocas luces y perder el pelo, pero no las mañas. Entonces fue cuando pasaron de recorrer malolientes sótanos a navegar internet desde su oficina y encontrarse con Katies Perrys, Lillis Allens, Justins Biebers, Artics Monkeys y otras miles de gemas perdidas que pasarían a englobar sus poderosos catálogos.

Seamos sinceros, que artista que desea vivir de su pasión, de su don para hacer canciones, películas, libros o cómics no desearía firmar un suculento contrato que le quite de por vida la preocupación de no saber qué comer mañana, incluso, si mañana podrá comer. Esto no los exime de seguir produciendo y difundiendo su arte libremente, pero luego de la firma de un contrato las limitaciones son severas en relación a su anterior espíritu solidario. Incluso, ¿Que culpa podría tener un artista, escritor o director de querer ser exitoso difundiendo su arte a través de internet para que una compañía lo contrate?

El problema de fondo no es el producto ni el consumidor sino la distribución de esos bienes y cupanto se lucra apoyado en un autoderecho (Copyright) para lucrar con esas obras. En este terreno es donde se desarrolla la mayor batalla por el Copyright que defienden las multinacionales y los derechos del autor que son otra cosa distinta, la protección de un esquema de negocios otrora multimillonario y que ahora quieren hacer creer que tambalea y maquillan la causa como “protección de los bienes de un artista y la fuente de trabajo de millones de personas” y una nueva filosofía de compartir libremente, reconozcamos que también un tanto confusa entre quienes comprenden lo que es compartir y los que creen que tienen derecho a ver gratis y sin publicidad su serie favorita pensando que el artista y el productor viven del aire. De algo tienen que vivir, el problema son los vividores que obtienen ganancias en el medio del circuito artista-obra-consumidor.

Compartir es libre, ¿pero es gratis?

Compartir es algo que existe desde que el primer Neanderthal le prestó una lanza a su compañero, considerémoslo un derecho inalterable como la libertad de expresarse. Copiar es otra cosa y piratear otra mucho más distinta. La discusión está centrada en estos temas, ya que estos tres grandes temas, muy diferentes entre sí, para la ley son lo mismo: Violar derechos de autores registrados. El creador de Cuevana, Tomás Escobar dejó muy clara su posición dentro de este debate en una charla que dio en una universidad local:

Jamás en la vida voy a pagar derechos por una película o una serie, yo no creo en eso. Que le reclamen dinero a otros, yo no voy a pagar. Y si me cierran Cuevana, mañana abro otro sitio.

Esta postura no hace más que echar más leña al fuego, de un conflicto donde cada días se hacen más fuertes los defensores del Copyright, en vistas de los alentadores números que muestran cada trimestre los consumos de medios audiovisuales online sobre los de otros medios tradicionales (cine, televisión, radio, etc). La confusión se hace más compleja aún cuando se intentan discriminar los contenidos por parte de los usuarios que los consumen midiendo un supuesto valor intelectual. ¿Un usuario puede definir que es tiene más valor una película de Almodóvar o Tarantino que un programa ómnibus de sábado por la tarde? ¿Es culturalmente más valioso un disco de Bob Dylan que el programa Bailando por un Sueño de Marcelo Tinelli? La industria del entretenimiento no debería discriminar al consumidor por su nivel intelectual así como tampoco los consumidores deberían discriminar ni catalogar a la industria ni a sus productos de acuerdo a lo que es culturalmente apto o no para el consumo, pero esto es otro tema que no viene al debate.

En este contexto y dentro del tema del momento en Twitter, #FuerzaCuevana se leen frases como  “Libre circulación de bienes culturales”, “piratería”, “libertad de expresión”, “Telefé, si bajás Cuevana también bajá tus productos de porquería”, incluso, destacados periodistas definen su postura difundiendo mensajes y especulaciones a favor y en contra de la situación. Pero nadie, absolutamente nadie habla del valor de los contenidos que se consumen ni los costos que significa una producción decente ni mucho menos de que tan bueno o malo puede ser para el consumidor si todos tuviéramos la posibilidad de acceder gratuitamente a lo que deseáramos.

¿Pagarías por servicios como Cuevana o Taringa! cuando pagas un abono mensual de cable que usas en un 20% como mucho y en el caso de Argentina no baja de los 30 dólares mensuales? ¿Por qué el usuario se hizo tan reticente a Netflix cuando su valor era realmente inferior al de un abono corporativo hogareño en el que, según muchos usuarios, no hay contenidos de valor para ver? ¿Es la solución para las corporaciones cobrar por ver sus contenidos? ¿Si yo pago un abono por un servicio para ver cine y series no tengo derecho a compartirlo con otros usuarios difundiendo mi clave entre algunos conocidos o estoy cometiendo el mismo “supuesto delito” que Cuevana y Taringa!? Estas preguntas son parte del debate que necesita el tema para profundizar y redefinir un modelo de consumo donde nadie quiere perder terreno.

El vacío legal respecto a la indexación de contenidos para compartir que existe en Argentina y en muchos otros países es también el centro de atención en este momento para lograr fijar posiciones y defender el patrimonio de las corporaciones o la libertad del usuario para elegir qué consume y cómo. ¿Lucha desigual? En absoluto. Las grandes multinacionales del entretenimiento tienen los contenidos más requeridos pero el usuario tiene la libertad de decidir qué ver y cómo, incluso, si lo que le gustó lo desea compartir, ¿quién se lo va a impedir?