Humanos de piezas intercambiables

Humanos de piezas intercambiables

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¿Seguiremos siendo personas únicas cuando todo sea replicable y trasplantable, incluyendo los recuerdos?

Paradigmas Inevitables

Los seres humanos concebimos la existencia como un relato enmarcado en ciertos paradigmas invariables. Aunque todos vivimos vidas distintas, sabemos que estamos sometidos más o menos a las mismas condiciones de borde. Todos tenemos que nacer, ser concebidos por una madre y un padre. Todos tenemos que morir. Tenemos que alimentarnos, dormir, crecer, aprender y envejecer. Es algo que viene por añadidura no sólo al a condición humana sino a los seres vivos en general.

Hace doscientos años, lo que en términos relativos es muy poco tiempo, esos paradigmas invariables abarcaban también la necesidad de contar con luz diurna para trabajar y alimentos frescos para comer. La necesidad de crear redes de apoyo en pequeños núcleos geográficos para que las comunidades autoabastecieran sus necesidades básicas, y la inevitabilidad de ciertas enfermedades con una alta probabilidad de morir si nos contagiábamos de las más dañinas.

En sólo doscientos años la luz artificial pudo reemplazar a la luz diurna. Los refrigeradores y preservantes prolongaron la vida útil del alimento durante semanas, meses y años. Los medios de transporte y telecomunicaciones han hecho de las distancias un obstáculo puramente conceptual de manera que la red autoabastecida en realidad cubre todo el planeta. Finalmente, los antibióticos y vacunas han erradicado muchas enfermedades y mantenido a raya otras que antes se propagaban sin control.

Hace pocos días leí una columna de Leo Prieto en donde explicaba la inminencia de la Singularidad, un descubrimiento o avance tecnológico-científico que cambie el mundo y nos haga saltar de una era a otra, más o menos a semejanza de lo que significó para nuestra especie el descubrimiento del fuego, la invención de la escritura, el hierro o la rueda. Ese invento no tiene por qué ser un instrumento o dispositivo: puede manifestarse de muchas formas, y una de las formas que me fascina es que signifique romper uno de esos paradigmas que nos limitan como seres vivos.

Rompiendo los Paradigmas

¿Cuál de esos paradigmas se romperá primero? ¿Cuál de ellos abrirá nuevos horizontes al derribar los obstáculos inherentes a la condición humana? ¿Cuál de ellos es una aberración que luego nos arrepentiremos de haber inventado? Dentro de los que mencionamos al principio, podemos ver que desde ya se gastan miles de millones en estudios para retrasar el envejecimiento y extender la esperanza de vida de las personas. Los experimentos en mamíferos -empezando por Dolly, la oveja clonada- nos sugieren que existe la tecnología y el conocimiento para generar humanos que no necesiten nacer ni ser concebidos con el método tradicional, ni tener una madre y un padre. La clonación permite replicar a un solo progenitor, o crear bebés con tres padres heredando las mejores características de cada uno. Se puede, pero afortunadamente el método tradicional sigue siendo mejor y más barato.

De la misma manera tal vez la Singularidad se manifieste como el día en que ya no tengamos que morir, el día en que pueda suprimirse la necesidad de alimentarse o dormir, el día en que ya no sea necesario aprender para saber.

Justamente esto último me ha tenido pensando (un poco en homenaje a esa secuencia de Matrix en donde Neo “instala” un programa en su cerebro y declara: “I know Kung Fu”) en que cada uno de nosotros es un ser único e irrepetible. Desde el más talentoso hasta el más limitado tiene una identidad que lo hace valioso, insustituible y digno de ser amado por los suyos. Esa identidad se forma por muchos factores, incluyendo todas y cada una de las experiencias que el azar nos pone por delante. En parte esas mismas experiencias se van generando como consecuencia de nuestras propias decisiones, y tomamos esas decisiones porque somos quienes somos. Es identidad la manera única de pintar que tiene el artista, el registro único de la soprano y el paladar destacado del sommelier.

Tal vez por eso las personas que tienen el talento de imitar a otros, como Stefan Kramer, nos parecen un portento, porque inconscientemente nos damos cuenta de que es casi imposible fingir la identidad de otro con toda su complejidad adquirida. Si todos fuésemos iguales, todos seríamos perfectamente capaces de imitar a nuestro prójimo. La identidad del prójimo y nuestra incapacidad de imitarla es también lo que valida nuestra unicidad.

Sin embargo la tecnología nos está llevando por un camino en donde ciertos aspectos de esa identidad pueden dejar de ser tan irrepetibles como hoy. ¿Será esa la verdadera Singularidad? Nos ha tocado ver avances cada vez más exóticos en las técnicas de cirugía plastica. Por otro lado hemos visto en revistas científicas cómo se están cultivando órganos humanos en animales de laboratorio gracias a la implantación de células madre. También hemos visto que las prótesis para personas mutiladas (en esto la administración Bush generó abundancia de clientes potenciales) se han vuelto tan elaboradas que pueden ser controladas por impulsos nerviosos, pueden transmitir sensaciones al cerebro, se acoplan con los huesos del paciente, son capaces de crecer cuando el paciente es un niño y las más nuevas pueden “cicatrizar”. Todo esto gracias a la mejor comprensión de los estímulos nerviosos, y el uso de nanomateriales en donde cada molécula es capaz de recibir instrucciones.

Partes Intercambiables Premium

La combinación del cultivo de órganos y el perfeccionamiento de las prótesis inteligentes recorre un camino convergente que llevará a que en un par de décadas se vuelva común la implantación de miembros 100% funcionales que dejarían en ridículo la mano mecánica de Luke Skywalker. Ya que estamos imaginando cómo nos cambiará la vida cuando eso se vuelva común, nos toca preguntar: si mañana pierdo mis piernas en un accidente, a lo mejor tendré la oportunidad de elegir una réplica de las piernas de Cristiano Ronaldo y de la noche a la mañana voy a pegarle a la pelota como un iluminado. No voy a ser tan tonto como para ponerme las mismas piernas comunes que tenía.

El que pierda una mano querrá implantarse una réplica de la mano de Paco de Lucía que viene con arpegios de flamenco incorporados, y si alguien corre la (mala) suerte de John Bobbit, puede pedir que le pongan una réplica de Rocco Sifredi. Y así puede que llegue el día en que, primero por necesidad y luego por frivolidad nos vayamos convirtiendo en Humanos de Piezas Intercambiables. Si por un lado los mecanismos de bienestar social podrán garantizar el subsidio a órganos de reemplazo como un derecho humano, serán organos corrientes y sin particularidades. Por el contrario, se generará un mercado premium ofreciendo miembros mejorados, y los famosos podrán generar ingresos adicionales ofreciendo la franquicia de sus biceps marca registrada.

Conocimiento Implantable

Ya hay investigaciones apuntadas a regenerar las neuronas en pacientes con daño cerebral y enfermedades degenerativas. No es difícil pensar que cuando la tecnología se perfeccione se volverá común hacerse más neuronas como quien toma vitaminas.  Pero vamos un poco más lejos: Retomando la idea de Neo y el Kung Fu, la Singularidad se completa con el advenimiento del conocimiento implantable.

Llegará el día en que la enseñanza media se pueda aprender por USB directo al cerebro, y puede que, en vez de dedicar treinta años a estudiar astrofísica una persona con los medios suficientes prefiera instalarse el pack Stephen Hawkins que viene con todos sus conocimientos incorporados. Eso nos lleva a una pregunta que me suena tragicómica: si pensamos que es lo que vivimos, lo que aprendemos, lo que sufrimos eso que forja nuestra identidad, aquella persona en la cual se implante la totalidad de los recuerdos de otra ya no es ni el primero con recuerdos de otro, ni el segundo en un cuerpo nuevo.

Es difícil saber qué implica estar frente a un clon al que le has transferido todos tus recuerdos. Desde su punto de vista, eres tú despertando en un cuerpo joven y con muchos años de vida por delante. Pero desde tu punto de vista, ese otro es sólo un extraño que se ve como eras tú cuando joven y que se queda con tu vida y tus recuerdos como un impostor. En un plano optimista uno debiera verlo como pasar la bandera y ver que otro mantenga tu identidad en el tiempo pero yo creo que eso ya se logra con los hijos y nietos. No son iguales al original, pero sí son tu legado y llevan parte de tu memoria. En “Regreso a Titán” de Arthur C. Clarke reflexionaban, justamente, en lo que implicaría un futuro en donde los hijos biológicos convivan con los clones del padre. Freak.

Pero bueno, los clones son otro problema. Volvamos al conocimiento implantado y particularmente a los recuerdos implantados. Desde el momento en que puedan copiarlos y transferirlos nacerán negocios dedicados a proteget los “derechos de autor” o la  propiedad intelectual de los recuerdos de la gente importante. Pero también habrá piratería y será posible descargar el conocimiento a la mala, sin saber si justo descargaste una versión con virus que te conviertan en un zombi bajo el control de un hacker malintencionado.

Si para ese entonces se vuelve común y cotidiano implantarse el conocimiento de un pensador o los órganos de un atleta, alguno caerá en la tentación de reeditar la obra de los artistas que dejaron su legado inconcluso. Alguna casa editorial implantará los recuerdos de Hemingway en un escritor a sueldo para escribir más clásicos inmortales, y un sello discográfico reemplazará músculo por músculo en uno de sus empleados para generar un nuevo Michael Jackson con el cual ofrecer 100 conciertos por año.

El problema es que desde el momento en que lo irrepetible se puede producir en serie deja de ser irrepetible y se convierte en un commodity. Generar 100 artistas que puedan pintar la Mona Lisa es, en toda su dimensión, peor que destruir el original.

Las dudas que quedan así planteadas son apenas una fracción de todo lo que la ética deberá dilucidar antes de que termine este siglo, y resulta vertiginoso ponerse ahora en un lugar adonde nuestra mentalidad no está preparada para llegar. Son tantas las preguntas que quedan planteadas en cuanto a qué es admisible y qué es perverso, que casi me siento afortunado de vivir en una época en donde todavía no es problema nuestro responderlo. Sin embargo, la ciencia sigue su avance y, por otro lado, hay miles de personas que podrían mejorar sus condiciones de vida si fuésemos capaces de ocupar esas “piezas intercambiables” con criterio y para hacer el bien.

Con la única reflexión final que puedo quedarme, o que elijo quedarme, es que también es posible que no seamos simplemente la suma de todos nuestros órganos recombinados con la sucesión de todos los eventos que hemos vivido. Prefiero creer que tenemos también un lienzo intangible e inimitable sobre el cual esos átomos y esos eventos se combinaron de una manera que no volverá a repetirse. Algo me dice que es la misma respuesta con que el hombre desde épocas inmemoriales se consoló cuando se sentía ínfimo frente a las fuerzas de la naturaleza. Esa esperanza de que en el fondo de todo resida el alma, un alma que la naturaleza no puede borrar y que la ciencia nunca podrá imitar.