Mi primer encuentro con Super Mario Bros. [NB Opinión]

Mi primer encuentro con Super Mario Bros. [NB Opinión]

A 25 años de su lanzamiento, recordamos la primera vez que jugamos este legendario título.

Comúnmente, los sábados me la pasaba en mi casa. Jugaba con mis juguetes, me ponía a pintar en mi libro de dibujos o salía a jugar con mi hermano a uno de los tantos terrenos baldíos que había en la colonia.

Pero ese sábado fue distinto. Mi padre llegó temprano del trabajo y nos dijo que nos arregláramos ya que íbamos a salir. En mi familia las salidas eran los Domingos, a menos que fuéramos a cruzar la frontera, entonces sí eran los sábados en las mañanas, muy de mañana.

“Vamos a ir a casa del doctor Martínez”, nos dijo papá. “Nos invitó a comer, así que hay que irnos cuanto antes”. El doctor Martínez es un amigo de mi padre. Como los dos son dentistas, colaboran constantemente en cirugías o tratamientos dentales. Ese sábado nos invitó a comer, pero la verdad no tenía ganas de ira.

Verán, cuando era niño tenía muchos problemas con la comida. Había cosas que me desagradaba comer o, simplemente, no me gustaba probar cosas nuevas. Como se han de imaginar, ir de invitado a comer a una casa desconocida me provocaba una incertidumbre tremenda.

Pero no había de otra, tenía que ir.

Cuando estuvimos listos, partimos a la aventura. Durante el traslado mi mente se enfocaba únicamente en qué haría si la comida que me ofrecieran me pareciera desagradable; algún platillo a base de mariscos o brócoli. O ambos.

Al llegar, nos recibió el doctor Martínez y su esposa. El piso del recibidor era de madera, después aprendería que se la llama “duela”. Ahí, justo en la entrada de la casa, los anfitriones nos presentaron sus hijos; el mayor, que yo calculaba era de mi edad, nos invitó a mí y a mi hermano a que pasarnos a su cuarto a jugar. Se llama Ernesto. Le decían Neto. No sé si aún lo llamen así.

Neto tenía una gran cantidad de juguetes en el armario de su habitación o al menos así me parecía en ese momento. Su alcoba estaba alfombrada y su cama era dos veces más grande de la mía. Había un mueble enrome pegado a una de las paredes en el que descasaba una televisión, un reproductor de VHS y un estéreo, creo.

En una de las repisas de ese mueble había un juguete, una jet especial que se me hacía muy conocido. “Es un XT-7”, interrumpió Neto. “Se juega con la televisión y un video de Capitán Poder ¿Quieres jugar?”. En ese momento supe de lo que me hablaba, había visto un comercial de televisión sobre ese juguete.

(c) The Retroist, 2009.

Se trataba de Capitán Poder y los Soldados del Futuro, un programa de TV que pasaba en Canal 5, pero el anuncio que había visto fue en un canal estadounidense. Éste promocionaba la dichosa nave, la cual podía interactuar con la serie de televisión al dispararles a los enemigos que aparecían en pantalla. Un contador marcaba tu puntaje, pero si recibías “daño” el juguete expulsaba al piloto.

Jugamos un rato pero nunca supe sí lo estaba haciendo bien; no sabía a qué dispararle exactamente, el marcador no aumentaba pero tampoco perdía.

“Podemos jugar otra cosa”, dijo Neto al notar que no le encontré modo al juego de Capitán Poder. “Tengo un videojuego en el que puedes dispararle a patos”.

En ese entonces mi último contacto con un videojuego había sido mi Atari 2600, el cual había pasado a mejor vida hace tiempo. Sí, había visto juegos en las arcadias donde le disparabas a la pantalla, pero jamás había visto eso en una casa.

Neto llamó a su padre a la habitación. “Papá, ¿nos puedes conectar el Nintendo, por favor?”. De uno de los cajones del mueblezote, el doctor Martínez sacó una caja gris, unos cables y unos controles. Ese consola jamás la había visto, mucho menos los mandos. Era algo completamente distinto al Atari.

Una vez que todo estaba enchufado como debía ser, Neto introdujo un casete a la consola y la encendió. En la pantalla aparecieron dos letreros: Super Mario Bros en la parte de arriba y Duck Hunt abajo. A lado del primero aparecía un monito caminado.

“¿Qué es eso?”, pregunté a neto. “Ah, es que puedes escoger uno de los dos juegos”, respondió. ¿Dos juegos en uno? Eso también era nuevo para mí. “¿Y ese de qué trata?”, insistí al apuntar al hombrecillo caminante. “En ese tienes que comer hongos, juntar monedas y aplastar tortugas”.

No sabía por qué, creo que aún no lo sé con certeza, pero algo en esa descripción se me hizo interesante. Eran cosas a la que no les encontraba sentido. ¿Comer hongos y aplastar tortugas? ¿Cómo haces eso?

Le pregunté a Neto si podíamos jugar mejor ese y accedió.

Pantalla negra. World 1-1. Figura de hombrecillo x 3. Entra la música.

Neto controlaba al personaje mientras me explicaba lo que había que hacer: Saltar arriba de los hongos malos y las tortugas, golpear los bloques, comer los hongos y agarrar las monedas. Realmente le ponía más atención a lo que hacía que a lo que me decía. Ver que se podía avanzar en el escenario me había dejado sorprendido; yo estaba acostumbrado a jugar todo en una misma pantalla.

Pronto fue mi turno de jugar. Neto me dijo qué hacía cada botón del control, pero tampoco puse mucha atención. Supuse que las flechas indicaban para donde moverme y uno de los botones rojos me haría saltar.

Con movimientos torpes logré deshacerme de los enemigos, crecer al comer el primer hongo y esquivar las tuberías. La tonadita ya se me estaba pegando.

“Espera, regrésate”, dijo Neto. “Salta ahí, un poco más a la izquierda”.

Hice lo que me pidió y, al saltar, apreció un bloque que escupió otro hongo. Al tomarlo se escuchó un sonido muy peculiar. “Ése te da una vida extra”, me dijo Neto. Brinqué un precipicio, seguí avanzando y al golpear uno de esos bloques con el signo de interrogación apreció una flor. “Si la tomas puedes lanzar bolas de fuego”. Ahora los enemigos caían con mayor facilidad.

Seguimos jugando. Apareció la estrella que te hacía invencible; la música cambiaba. Rompí cuantos bloques encontré. De pronto la música se aceleró, Neto me dijo que el tiempo se estaba terminando así que debía avanzar rápido. Corrí y llegué a la bandera.

Se terminó el primer nivel, pero seguía más. Ahora el personaje –llamado Mario, según me informó Neto– entraba por una tubería. Todo sucedía debajo de la tierra, la música era distinta, los colores cambiaron, los enemigos también.

Mi papá entró a la habitación. Lo vi de reojo. “¿Qué tal está ese juego?”, preguntó. “Muy padre”, respondí sin apartar la vista de la pantalla. Neto acercó su mano al control y presionó un botón que hizo que todo se detuviera. Eso también era nuevo. Al preguntar mi padre de qué trataba lo que estábamos jugando, emocionado le di la misma explicación que me había dado Neto a mí.

Después de esa conversación, nos dijo que la comida estaba lista y teníamos que ir a la mesa. Lo había olvidado por completo. La verdad no recuerdo lo que comimos. Tal vez algo desagradable y por eso lo bloqueé.

Pasaron varios meses después de la visita a la casa del doctor Martínez y llegó ese momento del año en que se debe hacer la carta a Santa Claus. Mi hermano y yo decidimos sacrificar los juguetes individuales que podríamos recibir a cambio de que Papá Noel nos trajera un Nintendo a los dos. Era un buen trato para el panzón de rojo.

Navidad llegó y, para nuestra sorpresa, San Nicolás nos dejó un Nintendo bajo el árbol. La consola, el juego de Super Mario y Duck Hunt juntos, dos controles y una pistola, todo en el mismo paquete.

(c) The List of Games, 2008

Fuimos a despertar a papá y mamá para que vieran lo que nos había traído Santa y para que nos ayudaran a conectar la consola a la tele para ponernos a jugar cuanto antes. Mientras mi padre hacía la instalación, mi madre se puso a hojear los instructivos. En cuanto estuvo listo, mi hermano y yo nos pusimos a jugar; papá también, pero sólo el de los patos.

Cuando dejamos de jugar, me llamó mi mamá. Estaba sentada en la sala con el librito de Super Mario Bros. que venía incluido. Como yo había empezado a estudiar Inglés recientemente, me dijo que sería un buen ejercicio tatar de traducir el instructivo.

Tomamos un diccionario y empezamos a trabajar con las cosas más sencillas. Esa vez aprendí que “can’t” es la negación del “can” y significaba “no poder”, que las tortugas rojas eran unas “gallinas” porque al llegar a la orilla de una plataforma daban media vuelta y regresaban, y que “shell” también puede significar “caparazón”.

Super Mario Bros. no fue el primer videojuego que jugué, pero sí fue el primero en el Nintendo. En el tiempo de sequía entre la fatal descompostura que sufrió mi Atari 2600 y el regalo que nos trajo Santa Claus, me había olvidado de los videojuegos, pero después de esa Navidad nada volvería a ser igual.

Imagen: Super Mario Themes, Wallpapers and Backgrounds (SuperMarioBrothers.org)