(032) Creación de Google, nace un gigante

(032) Creación de Google, nace un gigante

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El quinto artículo de nuestra serie “Los 200 de Betazeta” trata sobre los comienzos de quien hoy es el referente central de la web. Lo que hoy vale miles de millones empezó como una simple idea en la mente de un estudiante.

A long time ago…

Debe ser difícil sentarse a desarrollar una simple tesis doctoral con la convicción de que, en realidad, se está trabajando en hacer germinar una idea que si acaso no cambiará el mundo, por lo menos moldeará la tecnología de las décadas venideras –tanto en el plano doméstico como empresarial– y los hábitos de decenas de millones de personas, yendo incluso más allá del ámbito estrictamente informático.

Sergey Brin y Lawrence “Larry” Page eran, como tantas otras mentes brillantes del Valle, sólo estudiantes universitarios a la hora de idear lo que acabaría convirtiéndose en Google. Particularmente notable es el caso de Larry, de origen ruso, hijo de un científico de la NASA y una profesora de matemáticas, y considerado una eminencia en esta última ciencia ya en la educación secundaria.

El perfil en detalle de ambos creadores será materia de otro venidero artículo. En razón de ello, baste decir, por el momento, que los dos eran sujetos bastante apasionados por sus ideas, conformaban un buen equipo y pasaban bastante tiempo juntos, a pesar de que discutieran frecuentemente (cumpliéndose así el segundo cliché de las historias de este tipo: el de los emprendedores que ya se conocían, discutían y llevaban bien de jóvenes).

La idea original de Google, en todo caso, fue de Page. Buscando un tema de investigación que le apasionara lo suficiente como para basar en él su tesis doctoral, y por recomendación de un profesor (en lo que el mismo Page definirá después como el mejor consejo que recibió en toda su vida), Larry acabó decantándose por el funcionamiento de Internet –tras descartar una treintena de alternativas– porque detrás de sus colores, ventanas y caracteres existía una variedad de fórmulas matemáticas, algoritmos, redes de nodos, gráficos y demás cosas raras que a matemáticos como él le fascinaban (y a humildes hombres de letras como yo dejarían en un estado catatónico).

Visto en retrospectiva, la decisión adoptada a la hora de determinar su área de investigación fue tan sabia como la frase que su padre hubiera pronunciado tiempo atrás: “un trabajo puede definir una carrera académica entera” (aunque probablemente haya olvidado agregar: “además de hacer millonario al investigador y dejar una huella indeleble en el mundo”).

El proyecto, bautizado en aquel entonces “BackRub”, pronto concitaría también el interés de Sergey Brin, quien tras buscar sin éxito un tema académico de interés, se involucró en el trabajo de su amigo porque, por una parte, era su amigo, y por otra parte porque le parecía que Internet representaba la centralización del conocimiento humano.

La apuesta era innovadora, si bien para nada pretensiosa en un comienzo. En una época en que la red de redes tenía como gran referente a AltaVista a la hora de realizar búsquedas, la piedra angular sobre la cual se erigió el proyecto –que no consistía sino en organizar una especie de biblioteca digital universitaria– resultó ser algo totalmente nuevo y se llamó PageRank. Éste es el algoritmo que implantaría en Internet una especie de sistema de citas bibliográficas, permitiendo determinar más tarde la importancia de los datos existentes y jerarquizarlos, de acuerdo a la cantidad y calidad de sitios que “citaran” a tales datos.

En el mundo académico la relevancia de una obra se suele extraer no sólo de la cantidad de publicaciones que se citan como referencia, sino también de la cantidad de publicaciones que, a su vez, citan a la primera entre sus fuentes. Esta sencilla premisa fue la que Page aplicó a la WWW, desarrollando así el ya citado algoritmo (y que hoy, a pesar de sus constantes modificaciones, sigue siendo la base del motor de búsqueda de Google).

Para ilustrar de mejor manera el funcionamiento de PageRank, piénsese en cualquier sistema de competencia (como en un torneo de ajedrez o quizá un juego en línea) en el cual el puntaje obtenido por cada competidor dependerá no sólo de cuántas partidas haya ganado o perdido, sino también del puntaje que posean sus contrincantes, cuyos puntajes se determinarán, a su vez, por los puntos que hayan tenido los otros jugadores contra los que hayan ganado o perdido, y así ad infinitum.

Con el correr de algunos años, lo que inicialmente fue concebido tan sólo como un proyecto de indexación de contenidos y biblioteca digital en la Universidad de Stanford (en la que tanto Page como Brin cursaban sus respectivos Ph.D) acabó transformándose en una actividad que demandaba gran parte del tiempo y esfuerzo que sus autores debieran haber estado empleando en quehaceres académicos. Sin embargo, esta empresa estaba destinada a ser mucho más que un hobby o un proyecto universitario, de manera que aquella idea que fuera originada pocos años antes, en 1997 adquirió nombre, forma e identidad propia.

Eso sí, la ambiciosa meta de organizar sitios web requería de recursos, si bien el financiamiento de la mano de los infaltables ángeles inversores no tardó en llegar. Con ello, no se hablaría más de aquel primitivo proyecto llamado BackRub; se hablaría en adelante de Google.com.

El ascenso hacia la cumbre

En 1998 Google se convierte en una empresa con todas las de la ley. Y nuevamente, como en toda historia de chips y jóvenes millonarios, la sede escogida para trabajar fue un garaje (en este caso el de un amigo en Menlo Park, California). A partir de allí, el de estos dos jóvenes será un relato lleno de éxito y fortuna; con sus correspondientes caídas y controversias, claro está, pero apenas capaces de opacar un historial tremendamente fructífero desde todo punto de vista: financiero, tecnológico, mediático y hasta sociológico.

Financiero, pues –qué duda cabe– Google se ha convertido en una compañía altamente rentable, con ingresos que en 2009 ascendieron a la suma de 23.651 millones de dólares y le han reportado a Sergey Brin y Larry Page una fortuna de 17.500 millones de dólares, posicionándose ambos en el puesto #24 del ranking Forbes de los más ricos del mundo.

Por otra parte, y siendo probablemente el aspecto que merezca menos explicación por su natural obviedad, Google también ha resultado ser toda una epopeya desde el punto tecnológico. La compañía es a día de hoy una de las más reconocidas en el ámbito de la informática –y la más importante de Internet– no sólo por las estruendosas cifras verdes que recaba, sino también por la influencia que logra ejercer en el resto de la industria gracias a una innovación permanente y al afán por convertirse en el principal referente a la hora de realizar cualquier actividad en la red de redes.

El punto de vista mediático no puede escapar a los aspectos anteriormente mencionados. Una empresa sana en lo que respecta a sus finanzas, y así de importante en cuanto a la repercusión tecnológica que produce, no puede menos que ser reconocida por cuanta revista, periódico y medio prestigioso en general exista, de la misma manera que un sujeto con dinero y poder probablemente termine convirtiéndose tarde o temprano en una especie de magnate-rockstar.

Muestra patente de lo anterior son no sólo las infinitas crónicas y biografías que se han escrito a lo largo de miles de páginas sobre Google y sus fundadores, sino también su consolidación en rankings internacionales. En este sentido, recordemos que Google resultó ganadora dos años consecutivos en la lista elaborada por Fortune de las mejores compañías en donde trabajar, debido a su peculiar ambiente laboral y cultura corporativa. Y si de posicionamiento se trata, demás está decir que Google es a día de hoy el sitio web más visitado en todo el orbe, aunque en este punto hay que hacer una salvedad: hay épocas en que Facebook.com es más visitado que Google.com, pero si contamos todos los sitios regionales de Google (.cl, .com.ar, .pe, .es) esa ventaja se revierte, y más si sumamos Google Reader, Gmail  y Google News, por ejemplo, que son percibidos por la gente como parte de Google mismo.

Por último, consideremos también la manera en que Google ha traspasado las fronteras digitales, para alcanzar una inmersión en la cultura popular y una repercusión tal en la sociedad contemporánea, que ha llegado a moldear hasta el comportamiento de nuevas generaciones e incluso modificar el lenguaje. En tal sentido no debiera sorprender, por ejemplo, que el Oxford English Dictionary (lo que es para el español el Diccionario de la Real Academia) haya incorporado el término “google” en sus páginas, definiéndolo como “usar el motor de búsqueda de Google para obtener información en Internet”. Sin ir más lejos, y aun cuando nuestra lengua evolucione a un ritmo mucho menos veloz desde el punto de vista académico, ya no extraña a nadie la utilización popular de un símil: “googlear”.

En razón de lo anterior es que resulta interesante observar hasta qué punto influye Google en el día a día de cualquier persona, y ya no necesariamente en el de una corporación o un asiduo a la tecnología. Hoy, probablemente sea imposible para un nativo digital desenvolverse o siquiera imaginar un mundo sin Gmail o sin las búsquedas de Google; e incluso podríamos aventurarnos a decir que hasta la dueña de casa o un abuelo relativamente aventajado (en términos cognitivos) realiza actualmente, cuanto menos, un par de búsquedas diarias para encontrar determinada información –en un acto ejecutado casi por inercia, sin cuestionamiento alguno de por medio, y que nos parece a todos de lo más natural–.

Finalmente, si nos inmiscuimos en la vida de alguien ya más interiorizado en el manejo de las nuevas tecnologías, podríamos pensar en al menos una decena de situaciones cotidianas en que empleamos alguna herramienta provista por Google, incluso a veces rebasando las fronteras del notebook o PC de escritorio. ¿O ninguno de los presentes ha debido localizar una determinada dirección encontrándonos en plena calle?

Como corolario de lo anteriormente dicho en cuanto a la exitosa carrera de Google, sus fundadores han llevado a cabo un par de contrataciones que difícilmente podrían dejar indifierente a alguien y que vale la pena mencionar.

En 2001 Google contrató a un prestigioso Eric Schmidt para que oficiara de CEO, conformándose así un verdadero triunvirato al interior de la compañía, pues el peso de alguien como Schmidt apenas podría resaltarse relatando que previamente ostentó algunos cargos en Bell Labs –centro de investigación y desarrollo de Alcatel y hasta hace algunos años de AT&T, fundada originalmente en el siglo XIX por el mismísimo Graham Bell–, en Sun Microsystems y en el afamado Xerox’s Palo Alto Research Company.

Por último, en 2005 el mismísimo Vinton Cerf –proclamado por muchos como el padre de Internet– pasó a formar parte de las filas de Google, desde donde lanza de cuando en cuando algunas predicciones sobre cuestiones como el desarrollo de la red e inteligencia artificial. Imposible realizar una mejor contratación, pues el padre de Internet no engruesa la planta de cualquier compañía, ¿no?

Google en la actualidad

A pesar de todo lo anteriormente expuesto, resulta natural pensar que tamaña multinacional no podría haberse posicionado en donde se encuentra actualmente sin haber enfrentado a lo largo de su historia críticas y controversias tan grandes como la compañía misma (algunas de las cuales, de hecho, son bastante actuales y se encuentran plenamente vigentes).

Precisamente por el tamaño de Google es que no pocas veces se ha puesto en duda la forma en que ésta maneja la información de millones de usuarios en todo el mundo, llegando a surgir cuestionamientos respecto de la vigencia y el respeto de ciertos derechos fundamentales o valores como la libertad de información, la libertad de expresión y la –ya a estas alturas prácticamente demacrada– privacidad.

Una vez más, para dimensionar la relevancia del invento de Brin y Page y el vertiginoso crecimiento de Google en los últimos años, baste recordar episodios como el de los encontrones con China y la censura, que terminó cerrándose con la salida de la empresa de dicho país y en el que pudimos apreciar cómo una multinacional es capaz de posicionarse de tú a tú frente un régimen particularmente poderoso (tanto en términos políticos como económicos) como el chino. Asimismo, podemos recordar el escandaloso “robo” de información privada en el caso de las redes Wi-Fi abiertas (concitando demandas en toda Europa y Estados Unidos, además de un mea culpa por parte de Sergey Brin) y la candente guerra abierta contra escritores y asociaciones de autores por la indexación de obras protegidas.

Mención aparte merece la recientemente desatada polémica sobre la propuesta de neutralidad en la red, realizada en conjunto con la operadora estadounidense de telecomunicaciones Verizon. Dicho esto, creo que no existe en la actualidad una mejor manera de graficar cómo una empresa logra expandirse tanto, al punto que puede poner en peligro la propia naturaleza e integridad del medio en que nació, creció y del cual vive (llegando a desarrollarse una relación casi simbiótica, en la que Google perdura gracias a Internet y el sustento de esta última se debe en considerable medida a la “Gran G”).

En el contexto de esta última idea, realicemos el siguiente ejercicio de ficción: imaginen que la pisada de Google acabara presionando tan fuerte que, al cabo de unos años, la propuesta aludida llegara a concretarse. Probablemente sería el momento de decir adiós a la prostituida “libertad”, al más manoseado aún “don’t be evil“, y de dar la bienvenida a las restricciones y el manejo de Internet según el interés de unos pocos.


El pulpo expande sus tentáculos

Ya decíamos que desde el punto de vista puramente comercial, Google no se ha detenido en ningún momento. En este sentido, hitos que marcan la ampliación hacia nuevos negocios –como la compra de Keyhole, Inc. en 2004 y el posterior lanzamiento de Google Earth, o la adquisición del portal de vídeos más visitado del mundo, en 2006, por 1.650 millones de dólares– parecen episodios anecdóticos al lado de decisiones que verdaderamente marcan un antes y un después, y que representan no sólo una ganancia financiera sino también de poder real.

Ejemplos de esto último son la compra en 2003 de Pyra Labs y su plataforma Blogger –con la consecuente inmersión y protagonismo cobrado por Google en la verdadera revolución informática y sociológica que ha sido la Web 2.0– y la incursión de nuestra compañía favorita en el promisorio espectro móvil (que nadie cuestiona que sea el futuro), con el lanzamiento de Android, más tarde con la comercialización de su propio smartphone –el Nexus One– y la descarnada competencia emprendida –aún pesar de su estrecha y todavía perdurable colaboración– contra Apple.

Pero así como el día de ayer la identidad de la Gran G no era más que la Internet “doméstica”, y hoy el gigante se ha asentado hasta en nuestros teléfonos móviles, el día de mañana Google se encontrará instalado hasta en nuestros computadores personales, con un sistema operativo propio y una amplísima gama de software de escritorio disponible desde hace ya un tiempo considerable (dentro del que encontramos, por ejemplo, el exitoso navegador Chrome, cuyo uso ha aumentado muy rápidamente desde que irrumpiera públicamente a fines de 2008). ¿Qué espacios quedarán libres para el día de mañana?

Dicho lo anterior, los más asustadizos podrían llegar al extremo de pensar en una entidad literaria que ya se ha convertido en un cliché a estas alturas: el Gran Hermano. Extraído de la distopía orwelliana “1984”, el concepto alude a un ente de autoridad que no es en realidad una corporación (como podría ocurrir en el caso de Google); en cambio se trata del régimen político imperante, el cual tenía conocimiento de todas las acciones que sus ciudadanos llevaban a cabo a cada momento, sirviéndose para ello de tecnologías futuristas y, sobretodo, de la premisa fundamental de que “la información es poder”. ¿Y qué otra empresa de Internet, sino Google, podría vanagloriarse de operar hoy en día con tamañas masas de información, en una era en que esta última es precisamente su piedra angular?

Conclusión

Desde luego es imposible explorar cada uno de los lanzamientos o hitos en general que han marcado a esta emblemática compañía a lo largo de su historia. Sin embargo, con la sucinta selección realizada, espero que pueda quedar suficientemente claro por qué el nacimiento y posterior crecimiento de una empresa como Google, cuya marca quedará impregnada en el ADN de las nuevas generaciones, y cuya trascendencia ha merecido hasta una adaptación cinematográfica (no creo que exista mejor manera de reconocer lo que al hombre le parece importante, sino produciendo un largometraje), con toda justicia deben ser considerados uno de los eventos más trascendentes para la tecnología en los últimos 200 años.

Al final, qué duda cabe, Google ha llegado a transformarse en la identidad e imagen por antonomasia del período histórico en que nos encontramos: la sociedad de la información.

Links:
The Birth of Google
(Wired)
Google Press Center
(Google)
Google Investor Relations
(Google)
History of Google (Wikipedia)