(011) Steve Jobs, el perfil de un rockstar

(011) Steve Jobs, el perfil de un rockstar

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Un día más, un artículo más. En lo que constituye el undécimo artículo de la colección "Los 200 de Betazeta" hoy les traemos la semblanza de un personaje carismático y angular en la actualidad tech.

No resulta fácil hablar de Steve Jobs sin inmiscuirse en lo que ha sido Apple durante todos estos años. De hecho, tal intersección resulta casi inevitable y hasta necesaria. Por más que sea sólo un hombre, y por más que haya dedicado parte importante de su tiempo a otras cosas, Steve Jobs es Apple. Y a la inversa, indiscutiblemente Apple es Steve Jobs.

Pero todo en la vida tiene un orden, y el particular relato de Steven Paul Jobs no es la excepción. En una historia que se vio marcada por eventos aparentemente insignificantes, pero que años más tarde acabarían concordando, se configuró algo realmente grande y que al final del camino ha permitido ver la gran fotografía. Se trata de “conectar los puntos”, como diría el propio Jobs.

El comienzo

Los peculiares rasgos de la vida de Jobs comenzaron a gestarse incluso antes de que naciera. Su madre, joven y soltera, había decidido darlo en adopción bajo la condición de que los padres adoptivos debían garantizarle una educación universitaria.

Los nuevos padres de Paul Steven resultaron ser una pareja de clase media (tirando para humilde) que a pesar de las dificultades económicas acabó cumpliendo su promesa. A los 17 años Steve entró a la universidad, aunque alcanzó a mantenerse allí sólo un semestre, tras verse enfrentado a sus propios cuestionamientos vocacionales y darse cuenta de que sólo estaba haciendo perder dinero a sus padres.

Poco tiempo después, no siendo más que un adolescente aún sin rumbo definido, Jobs emprendió un viaje a la India, donde experimentó un acercamiento hacia la cultura oriental y la psicodelia, lo que seguramente ayudaría a conformar parte importante de su personalidad y le atraería a la religión que profesa hasta el día de hoy –el budismo–. Como buen rebelde y genio incomprendido, tampoco hizo ascos a la experimentación alucinógena, en lo que Jobs llamaría algún día “una de las dos o tres cosas más importantes que [hizo] en [su] vida”, refiriéndose al consumo de LSD.

Años después, junto al querido Stephen Wozniak (amigo conocido tiempo atrás y con quien pasó bastante tiempo a raíz de sus intereses compartidos) se instalaron en su garaje –como todo buen emprendedor del Valle–, donde comenzaron a fabricar computadores, los cuales en realidad no eran más que tableros o circuitos electrónicos bastante simples y mucho menos sofisticados que la máquina más ordinaria en la que pudieran pensar hoy en día. A pesar de ello, su trabajo artesanal resultó ser bastante avanzado para lo que el panorama informático (dominado por la omnipresencia de IBM) ofrecía en aquella época. De hecho, el mercado de la computación personal como tal aún no existía.

Woz fabricaba y Steve, con particular capacidad de convencer, se encargaba de hacer los negocios. La incipiente empresa funcionaba, la sencilla pero exitosa computadora que habían producido reportaba algunos beneficios y había llegado la hora de profesionalizar su trabajo. Fundaron Apple y denominaron a su primer y humilde engendro Apple I.

Luego Woz se encargó de trabajar en la Apple II, primera computadora personal de la empresa comercializada a gran escala y la que catapultaría esta última hacia ligas mayores. Durante este período Apple se consolidó con el marcado liderazgo de Steve Jobs, caracterizado por muchos como excéntrico y hasta autoritario.

Cuestionamientos morales más o menos a su personalidad y a sus particulares dotes para imponer orden y disciplina, lo concreto es que para 1980, con tan sólo 25 años, Jobs ya se había hecho de un impresionante patrimonio de 200 millones de dólares.

Años más tarde vendrán los infaltables ángeles inversores y tendrá lugar, tras el fracaso que fue el lanzamiento del costoso computador personal Lisa, el nacimiento del Macintosh 128K.

Visión

Nadie podría asegurarlo con certeza (probablemente sólo el propio Jobs y alguna de las divinidades en que cree), pero pareciera que las grandes metas a las que aspiraría como proyecto personal y profesional, y la forma de aproximarse a ellas, estaban bien definidas desde un principio.

La impronta que el creador quiso dejar patente en su obra, y el sello distintivo que diferenciaría a esta última de IBM y el resto de la competencia existente en aquellos lejanos años, fueron muy bien determinados y probablemente hayan permanecido inalterables hasta hoy en día, concordando tales elementos, a su vez, a la perfección con la propia filosofía de Jobs.

Eficiencia, pasión por lo que se hace, belleza y simpleza (que casi o derechamente se torna en minimalismo) serían los rasgos característicos de la compañía, su imagen y cada uno de los productos –tanto de hardware como de software– que fueran manufacturados bajo el sello de la manzana. Aquel fruto debía ser sinónimo de algo único.

Para no quedarnos en palabras y en deuda con los ejemplos, tomemos el caso del primigenio Macintosh 128K. Apple parecía ser (al menos en sus inicios) una empresa enfocada a las necesidades del usuario, de manera tal que aún cuando la idea de una GUI (interfaz gráfica de usuario) no fuera original, ésta acabaría transformándose en el caballito de batalla de la marca a la hora de ofrecer su primera computadora. Así fue como Apple Computer, Inc. se ganó el mérito de llevar a cabo la primera comercialización exitosa de un dispositivo con GUI en la historia; interfaz gráfica que, por cierto, tampoco podía limitarse a ser el tránsito ordinario entre una interfaz antigua, invadida por líneas de comando, y una serie de ventanas.

A propósito de la GUI del primer computador comercial de Apple, resulta interesante sacar a colación una cuestión cuanto menos curiosa: cómo aquellos conocimientos adquiridos en la universidad y que antes podrían haber parecido baladíes terminarían siendo puestos en práctica por el CEO de la compañía años después –según él asegura–, para ser aplicados en la misma interfaz gráfica de lo que acabó convirtiéndose en el sistema operativo del Macintosh. Me refiero, en concreto, a las lecciones que el joven Jobs tomó de caligrafía y tipografía y sus esfuerzos académicos por entender qué hace a una determinada fuente un estilo de letra bello y agradable a la vista, todo lo cual derivó en una imagen confortable para el usuario.

Sin embargo aquella visión de belleza (casi de artista, como se extrae de la película Pirates of Silicon Valley) no se limitaba al software. El hardware, que integraba un manojo de cables y circuitos apenas comprensible –y por lo demás irrelevante– para el usuario común, debía estar revestido de una carcaza, una cubierta, un “empaque” que se caracterizara por ser agradable y estilizado, al menos para los estándares de diseño industrial de la época.

Y cómo no, además de ser visualmente atractivo tanto en “forma” como en “fondo”, el sistema debía ser asimismo amigable para el usuario: manejable y sencillo; dócil. Se trata de una visión de simpleza radical y distintiva, que durante las décadas siguientes evolucionaría a polos tan minimalistas que apenas podrían haberse concebido en el ideario informático algunos años antes. Sólo es cosa de recordar algunos de los mejores diseños de Mac creados por Apple (los que específicamente corresponden al diseñador británico Jonathan Ive), como el no tan anticuado iMac de policarbonato blanco, el “G4 Cubo” o el popular G4 “lamparita”, algunos de los cuales hoy se exhiben como verdaderas piezas de colección, junto al iPod, en el Museo de Arte Moderno en Nueva York.

Jonathan Ive, iMac "lamparita" G4 y Steve Jobs.

Incluso el mismo iPod es muestra patente de la aventura de Jobs por hacer las cosas diferentes, desde un prisma quizá alternativo (imposible de haberse materializado de mejor manera que a través del mítico y decidor spot publicitario “1984”) y lo más simple posible. Mac OS X podría ser otro ejemplo de ello.

Reviviendo Apple Computer, Inc.

Precisamente por lo que afirmaba al principio de este artículo es que temo que se extienda en demasía, perdiéndose el foco que debe ser, en este caso, el creador.

Por ello, pasaremos revista sólo a algunos de los hitos más importantes de Apple en su historia, todos ellos impulsados siempre por su CEO.

Edad antigua

En lo que fuera la primera etapa de Apple y el primer ciclo de Jobs a la cabeza de la misma, destaca el lanzamiento del Macintosh 128K, la primera computadora comercial exitosa de Apple.

Se lanzó en 1984, tuvo una buena recepción inicial en ventas y además masificó las interfaces gráficas, junto con convertirse en el primer y último éxito del que Steve sería artífice antes de ser despedido, para luego dar paso al período oscuro de la compañía.

El iMac o el renacimiento de Apple

Para la gran mayoría es bien sabido que si Apple dejó de perder una millonada de dólares y sorteó el agujero financiero inconmensurable en el cual estaba destinada a caer, fue gracias al retorno de Jobs a la compañía de la cual hubiera sido despedido unos años atrás y que paradójicamente él mismo fundó.

Producido el reencuentro a fines de 1996, Apple comercializó en 1998 –una vez más con las innovadoras ideas de Jobs al frente– el que sería su verdadero salvavidas y renacimiento: el iMac, un computador personal destinado íntegramente al consumo doméstico y perfectamente distinguible de cualquier otra cosa que se hubiera hecho antes por sus características carcazas semi-transparentes y multicolores.

Mac OS X

Como el propio Jobs afirmara en el discurso de graduación pronunciado en Stanford, a pesar del sufrimiento provocado por uno de los episodios más traumáticos y significativos de su vida –su despido de Apple– algo no cambió en él: su pasión por lo que hacía. De manera que durante aquella década de exilio (entre 1985 y 1996), Steve fundó NeXT, empresa cuyo SO basado en UNIX acabaría siendo la base del futuro Mac OS X.

En 1996 NeXT fue comprada por Apple, Jobs volvió a la compañía que él mismo hubiera fundado junto a Steve Wozniak y comenzaron los preparativos para que Mac OS 9 pasara a mejor vida. En 2001 el competidor directo de Windows XP ya había nacido, con el consiguiente salto de una interfaz anacrónica a la nueva generación.

Demás está señalar que la superioridad visual caracterizó fuertemente a Mac OS X desde un principio. Y a pesar de los iniciales fallos de funcionamiento que fueron corregidos en el transcurso del tiempo con el progresivo lanzamiento de versiones posteriores (secuencia caracterizada curiosamente con nombres de felinos), Mac OS X sigue siendo la esencia de un Mac hoy en día y probablemente la única razón por la que valga la pena pagar demás.

iPod+iTunes

A pesar del exitazo que fuera Mac OS X “Cheetah”, la gran sorpresa aún estaba por venir. En el último trimestre del mismo año, Steve Jobs materializó la osada decisión de adentrarse por primera vez en una faceta del entretenimiento digital totalmente ajena a lo único que habían venido haciendo desde que la empresa fuera fundada.

El salto fue magistral. Con un genio, percepción, visión de negocios y oportunismo únicos, Steve Jobs anticipó (tras especulaciones de analistas y consumidores acerca de si la próxima jugada de Apple sería lanzar una cámara fotográfica o un teléfono) que el negocio de la música era el futuro, tanto de la compañía como en el campo de los usuarios, y que ellos debían estar ahí. Aparentemente no se equivocó.

En la keynote en que se introdujo por primera vez el iPod (el cual fue desarrollado a un ritmo vertiginoso en tan sólo 8 meses), un acertado Steve Jobs afirmó haber encontrado el estándar de la reproducción portátil de música. Ahora nos parecerá obvio, pero no lo era tanto hace 9 años, cuando el CD todavía se encontraba en pleno apogeo y el nicho era disputado por reproductores de CD, reproductores flash y discos duros que tan portátiles como ahora no eran. Jobs sabía que los formatos de audio abiertos eran lo que venía, y escogió igualmente el formato de hardware correcto, junto con sentar el estándar para los años siguientes en cuanto a reproducción musical portátil se refiere.

Eso sí, debe recalcarse que el “boom” comercial y de popularidad del iPod no tuvo lugar sino recién hasta 2004-2005. Sólo a partir de allí las ventas empezaron a incrementarse de forma brutal, y el verdadero fenómeno publicitario de los audífonos blancos comenzó a dar fruto (recomiendo profundizar en el tema viendo el documental History of iPod, pues si algo hay que reconocer es que Jobs, además de ser un privilegiado hombre de negocios, es un genio del marketing).

Punto aparte merece la apertura, en 2003, de la tienda digital de música iTunes, otra precursora en lo que le toca y una de las más preciadas gallinas productoras de huevos dorados de Apple.

Con todo, el gran mérito realizado por Steve en este aspecto fue haber masificado su marca, de manera que lo que inicialmente fue concebido como “alternativo” o “independiente” acabó convirtiéndose en un verdadero icono de la cultura pop.

iPhone

Si con el iPod Apple se abrió al mercado de Windows y popularizó sus productos, la masificación definitiva y lo que probablemente acabaría provocando hasta un descenso en los estándares de manufactura de la compañía –debido a su casi incontenible crecimiento– llegó de la mano del iPhone en 2007.

A pesar de todas las limitaciones sumamente básicas existentes en un inicio (como la incapacidad de grabar video o instalar otras aplicaciones, por ejemplo), el iPhone no sólo elevó las utilidades de Apple y los valores de sus acciones a límites insospechados (salvo por el propio Jobs, quizá), sino que revitalizó y –por qué no– revolucionó la industria de la telefonía móvil, obligando a todo peso pesado del rubro que se preciara de tal a presentar su propio “iPhone killer”. Demás está decir que varios fracasaron y siguen fracasando estrepitosamente.

Evolución de la capitalización bursátil de Apple en los últimos dos años.

iPad

Por último pero no por ello menos importante, tenemos el vapuleado iPad. Según “confesó” Jobs al periodista de tecnología Walt Mossberg, la idea de lanzar un tablet fue anterior al iPhone. Sin embargo, llegada la hora de ver los resultados de laboratorio, al CEO le pareció que con todo el material disponible podrían lanzar un teléfono, por lo que el proyecto de computación personal doméstica quedó en standby en desmedro del mencionado smartphone.

Quizá sea sólo una excusa para legitimar la adaptación íntegra de iOS a una pantalla más grande sin tanta reingeniería de por medio. Sea cierto o no, el hecho es que la sola ventaja de contar con una mayor superficie se ha transformado en una virtud en mano de desarrolladores creativos, quienes una vez más acaban siendo los responsables de definir si una plataforma es exitosa o no.

Jobs con iOS apunta a mucho más de lo que podría haberse pensado en un principio. No se trata de lanzar más y más productos operando sobre el mismo sistema para no ver incrementados desmesuradamente los gastos en investigación e innovación, sino de jugársela al ciento por ciento por lo que él cree que es el futuro. En ese sentido, tanto diversos analistas de mercado como cierto sector de la propia industria parecieran estar contestes en que el futuro de la computación personal es la portabilidad y, más precisamente, el espectro móvil. Dicho aquello, la filosofía de Jobs es que quizá en un par de años cualquier usuario que necesite llevar a cabo tareas domésticas o “sencillas” acabará reemplazando su netbook, notebook e incluso PC de escritorio por algo como un iPad; pasando así al cuasi-olvido toda aquella filosofía de las ventanas, los archivos y las carpetas, e instaurándose de facto las interfaces táctiles con lo intuitivas que son.

De todas maneras, y siendo bastante francos, si aquello efectivamente llegara a darse algún día, éste parece ser algo lejano. Pero de que el iPad cuenta con el potencial para lograr en el campo de la computación personal lo mismo que consiguió el iPhone algún día en el área de la telefonía móvil, lo tiene.

No todo lo que brilla es oro

Más allá del holgado éxito que hayan logrado conseguir la mayoría de los productos comercializados bajo el sello de la manzana, más de alguno ha debido enfrentar alguna crítica generalizada y –en ciertos casos– sobreponerse a verdaderas controversias mediáticas.

Curiosamente, y al menos en el caso más emblemático y el único que se mencionará por ahora –el del iPhone 4 y el llamado ““antennagate”–, pareciera despertar una crítica desmedida no tanto la deficiencia técnica del producto en sí, sino cómo el mandamás de Apple intenta sortear la polémica.

Haciendo memoria tenemos que, tras haber sido revelados por Gizmodo los problemas de señal del iPhone 4, la primera respuesta de Apple, materializada a través de un correo electrónico de su máximo representante, fue “simplemente no sostengas el teléfono de esa manera”, revelándose una vez más el carácter parco y hasta arrogante del CEO.

Luego la bien conocida historia adquiere ribetes telenovelescos, donde se niega la existencia del problema, se desmiente que el e-mail supuestamente enviado por Jobs haya sido real, más tarde se reconoce que sí hay un problema de recepción y finalmente se anuncia que sólo bastaría una actualización de firmware para que el antennagate fuera cosa del pasado.

Pero la gota que rebasó el vaso fue el anuncio de Consumer Reports, en el que de plano afirmaron que no era recomendable comprar el iPhone 4. Consciente de la repercusión mediática y probablemente comercial de tal evento, Steve tuvo que dejarse de tonterías y realizar una conferencia de prensa de última hora, en la que no encontró mejor forma de afrontar el drama que encendiendo y apuntando el ventilador contra la industria de los smartphones en general (e incluso compañías y teléfonos con nombre y apellido), recurriendo a la muletilla de urgencia “por último si no le gusta, no compre o devuélvalo”, informando que Apple no era perfecta ni él tampoco, y finalmente intentando apaciguar las aguas regalando “bumpers” a todos.

Si el conflicto fue resuelto o no es otro cuento. Sin embargo, la historia no se dio por terminada con el anuncio de un programa de repartición de fundas plásticas para (casi) todos, ya que hace sólo algunas semanas se conocía la determinación de despedir a Mark Parpemaster, ex empleado de IBM, encargado de ingeniería de hardware de Apple y por ello “responsable” del diseño de la polémica antena externa del iPhone 4, convirtiéndose así en el chivo expiatorio perfecto del drama. Una vez más el peso autoritario de Jobs parecía sentirse en los pasillos de Apple.

Más allá de Apple

Es importante recordar que no sólo de Apple se alimenta Steve Jobs. Si bien ésta es su magnum opus, el CEO-rockstar igualmente ha sido reconocido por su posición al frente del prestigioso estudio de animación Pixar.

Pixar fue comprada por Steve a Lucas Films en 1986, aunque  en aquel entonces el estudio se llamaba The Graphics Group.

Probablemente la gran mayoría conozca la sucesión de exitosos títulos –tanto en términos de crítica como de recaudación– nacidos en los computadores de Pixar por encargo de Disney. Sin embargo, tal vez no todos estén igualmente enterados de cómo Jobs llegó a verse enfrentado con el gigante del entretenimiento, para terminar formando parte de un estamento notablemente alto dentro del mismo.

Corría el año 2003 y el contrato que había mantenido a Pixar lanzando un exitazo tras otro en compañía de Disney llegaba a su fin. Tras un fracaso en las negociaciones entre el director ejecutivo de Disney y Jobs, éste anunció que el noviazgo había terminado, de manera tal que comenzaría la búsqueda de un nuevo distribuidor apenas el contrato expirara de forma definitiva.

Sin embargo, en el último trimestre de 2005 el presidente ejecutivo de Disney fue reemplazado. El nuevo directivo reanudó las conversaciones con Jobs, y tras arreglarse las relaciones entre ambas empresas y llegar a un nuevo acuerdo, se determinó que Pixar fuera adquirida por Disney, lo que significó no sólo que en adelante la colaboración Pixar-Disney estuviere asegurada para el lanzamiento de nuevas superproducciones animadas, sino que Steve Jobs se convirtiera en miembro del directorio de Disney y en el accionista individual más poderoso, con un nada despreciable 7% de la compañía. Esta cifra supera incluso la cuota que posee el propio director ejecutivo de la compañía y la que poseía el último descendiente de la dinastía Disney involucrado en aquella.

Definitivamente se trató de otra jugada comercialmente exitosa que, además de garantizar una posición de poder privilegiada en la industria del entretenimiento, probablemente haya significado un aumento significativo de dólares en la billetera de Jobs.

Futuro incierto

Honrado como el hombre de negocios más importante del mundo en 2007 y CEO de la década por la prestigiosa revista Fortune, Steve Jobs es con su particular estilo, y para gusto o disgusto de muchos, uno de los personajes más importantes en la historia de la computación y la electrónica de consumo.

No entra en la lista de los magnates de la informática que forman parte de los 100 más ricos del mundo según Forbes, como sí ocurre con quienes actualmente se posicionan, por ejemplo, en el puesto #2 de dicha lista (Bill Gates), el puesto #8 (Lawrence Ellison, fundador de Oracle) o el puesto #24 (Larry Page y Sergey Brin). Sin perjuicio de ello, Steven Paul Jobs sí alcanzó a ser incorporado en la lista de los más poderosos del mundo –elaborada por la misma Forbes a fines de 2009–, donde fue ubicado en el lugar #57, detrás de algunos de los ya mencionados magnates de la informática, otros relacionados con la industria de los medios de comunicación, jeques, ministros y presidentes.

A pesar del legado que ya ha sembrado, de los miles de millones de dólares que posee y la influyente posición de poder que ostenta, para la opinión pública probablemente la vida de Steve Jobs no haya sido más que la sombra de Bill Gates, tal como la trayectoria de los Mac se ha visto siempre opacada por Windows. Sin embargo, ahora mismo el problema principal radica menos en si fue, es o será más rico o poderoso que el creador del imperio Microsoft, que en si será capaz de desligarse de una empresa que sin él se encontraría en franca decadencia. Es una paradoja en que el exceso de poder “pasa la cuenta”.

Un cáncer de páncreas estuvo cerca de llevárselo a una mejor vida (o quizá a reencarnarse, como probablemente crea el mismo Jobs), y ya fue muerto alguna vez por especuladores inescrupulosos a través de la Web. En ambos casos las acciones de Apple se han visto a la baja, y existe la percepción generalizada y probablemente correcta de que el día en que Jobs se tenga que marchar, a quien le toque emprender la titánica misión de continuar y repotenciar su legado le resultará tremendamente difícil.

Lo anterior no es otra cosa que una gran consecuencia del culto a la personalidad, de la misma manera que el nazismo fue Hitler y la revolución rusa Lenin. En una especie de caudillismo informático y financiero, el excesiva y peligrosamente carismático liderazgo de Jobs se ha terminado convirtiendo en un arma de doble filo, creando una dependencia nociva entre el sello Apple y el nombre de su CEO; todo lo cual nos lleva a la conclusión de que predecir lo que pueda ocurrir en los años que vienen sea, muy probablemente, un ejercicio de futurología más torcido e inverosímil que vaticinar los nuevos lanzamientos de Apple antes de cada keynote.

Después de todo, y al menos durante los años pasados y los que transcurren, Steve Jobs es Apple y Apple simplemente es Steve Jobs.