La Profecía Mecanoclasta

La Profecía Mecanoclasta

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En las novelas es recurrente el argumento donde los robots se rebelan y esclavizan al ser humano. Paralelamente, los científicos del mundo trabajan duro para crear máquinas pensantes. ¿En qué quedamos?

Las Profecías Autocumplidas

Hay personas que se pasan la vida vaticinando desgracias. Dicen que va a temblar, que habrá erupciones volcánicas, que el invierno viene especialmente frio, que estallará una guerra en Medio Oriente, que la delincuencia está cada día peor y cosas por el estilo. Esas personas viven muertas de miedo porque la evidencia les da la razón al punto que llegan a creer que tienen alguna especie de clarividencia. En realidad, aciertan porque apuntan a eventos que son estadísticamente recurrentes, pero es fácil para las personas construir sus propios laberintos y luego perderse en ellos.

Hay un tipo especialmente llamativo de vaticinadores de desgracias que son los que viven haciendo profecías autocumplidas. Expresan su temor consciente, y subconscientemente incurren en actos que precipitan la ocurrencia de lo que más los asusta. Mujeres que viven temiendo salir heridas de una relación sentimental, pero subconscientemente tienden a enamorarse de tipos narcisistas. Otros viven temiendo quedarse sin trabajo, y por trabajar con miedo no destacan y son los primeros en salir volando cuando hay una reestructuración. Gente que le tiene miedo a los perros y manifiesta tan evidentemente su temor  que cuando se topa con uno infaltablemente contagia su inquietud al animal.

Es fácil pensar que no somos esa clase de personas, pero si miramos nuestra especie como un todo, en realidad estamos llenos de actitudes que precipitan las desgracias que más tememos. Aborrecemos la guerra, pero casi todos los países invierten en armamento. Odiamos los atochamientos de tráfico, pero si podemos permitírnoslo nos moveremos en automóvil a todos lados. Tememos la delincuencia pero para protegernos de ella sólo atinamos a segregar más a los grupos sociales de donde supuestamente proviene. A lo mejor es como el dilema del prisionero:  la actitud con que cada quien quiere asegurar su seguridad y comodidad perpetúa el problema del que nos queremos asegurar en primer lugar.

De entre todas esas inquietudes, me llama la atención saber que la literatura y el cine están plagados de historias en donde el hombre es doblegado por los robots o las computadoras. Sin embargo hay miles de científicos en el planeta trabajando denodadamente, y gastando millones de dólares en investigaciones para generar robots avanzados que puedan comer o expresar emociones. Computadoras que puedan pensar o soñar. Todo eso sin pensar que si se logra, a lo mejor habremos condenado a nuestra propia especie a la esclavitud.

El Aliento Divino

En un plano general, hay un arquetipo que ilustra el castigo que le espera al hombre que usurpa un poder que debiera ser divino. Cuando Ícaro y Dédalo se fabrican alas para salir del Laberinto de Creta, el primero se entusiasma y quiere alcanzar el cielo, con tan mala suerte que por elevarse demasiado (y por tanto acercarse al sol)  el calor del astro rey derrite la cera que fijaba las plumas, provocando que Ícaro caiga en un clavado espectacular que le provoca la muerte. Los griegos eran un poco brutos al asumir que a mayor altura el sol calienta más, pero hoy en día, conociendo la ley aerostática y la constante de los gases, podríamos asumir que Ícaro sencillamente perdió sustentación.  Como sea, la moraleja es que el ser humano es castigado cuando quiere elevarse mucho.

Menos alegórico y más evidente es lo que le pasa a Victor von Frankenstein en la célebre novela de Mary Shelley. Le da vida a un ser compuesto de miembros muertos y el monstruo que sale lo hace arrepentirse hasta el tuétano. La moraleja sigue siendo la misma: cada vez que el hombre intenta hacer cosas que son propias de los dioses, termina lamentándolo profundamente.

Sin embargo, la sed de conocimiento y experimentación es más poderosa que cualquier moraleja que llame a la humildad. Los científicos del mundo hacen caso omiso a esas fábulas y viven pensando cómo hacer lo que a lo largo de la historia ha sido vedado al hombre. Todavía no sabemos cómo crear vida aunque ya sabemos clonar y hasta crear especies nuevas.

El punto es que desde que los griegos inventaron la palanca (también inventaron la entraña y el bife de lomo, pero eso no viene al caso) las herramientas y artilugios ideados por el hombre se han ido tornando cada vez más complejos, su función requiere cada vez menos de la intervención humana. Ya en la revolución industrial los operarios miraban con hostilidad a las máquinas que ejecutaban la labor de varios hombres. Incluso se dieron muchos episodios de sabotaje, obreros que destruyeron factorías enteras para proteger sus fuentes de trabajo. Sin embargo no pudieron parar el avance de la automatización, y a medida que ese avance se concreta y perpetúa,  el camino lógico a seguir es lograr que las máquinas se manejen y tomen decisiones por sí mismas. Y si lo logran ¿Qué nos va a pasar?

Literatura y Cine

Son tantos los ejemplos del temor antes descrito, que podríamos pasarnos un día entero hablando de los casos donde se ve reflejado. Sin embargo la idea no es ponernos exquisitos y recordar los ejemplos más emblemáticos.

Primero, el caso de Dune. Como sabrán, el talentoso escritor de ciencia ficción Frank Herbert escribió 6 capítulos de la saga Dune (Dune, Mesías de Dune, Hijos de Dune, Dios Emperador de Dune, Herejes de Dune y Casa Capitular de Dune). En ese universo no hay tal cosa como computadoras. Se cuenta, aunque jamás se ahonda en ello, sobre el Jihad Butleriano, una cruzada que destruyó todos los computadores del universo e introdujo un nuevo mandamiento en la Biblia Católica Naranja: “No fabricarás un mecanismo a semejanza de la mente humana”.  En ese mundo hay personas entrenadas al estilo Rain Man para ejercer de computadoras vivientes, y sería todo.

En teoría, pasó algo muy malo por haber creado máquinas pensantes y haber confiado ciertas tareas estratégicas bajo su cuidado. Sin embargo nunca se revela qué es lo que ocurrió exactamente y por lo mismo es todavía más inquietante. ¿Esclavitud? ¿Masacre? Tal vez cosas peores. Nuevamente, el temor subyacente apela al arquetipo del castigo al orgullo humano.

Vale la pena mencionar que, después de muerto Frank Herbert, su hijo  Brian quiso seguir explotando el talento de su padre y publicó algunas obras póstumas que del autor original deben tener bien poco. Entre ellas, hay una precuela que narra el Jihad Butleriano pero nunca sabremos si era así como su padre se lo imaginaba. Señalo esto porque debe haber un segmento del público que considera la trilogía Butleriana como parte de la continuidad oficial, pero en realidad es prácticamente un fan-fiction.

También tenemos el ejemplo de Blade Runner, cinta de Ridley Scott basada en una novela de Phillip K. Dick. En ella, los androides perfectos creados por Tyrell Corporation son declarados ilegales, debido a que el modelo Nexus 6 es en teoría un humano perfecto pero en la práctica un ser sin emociones ni respuesta empática y por lo tanto asesinos despiadados superiores física e intelecualmente al rebaño humano. En la cinta, el mismo Dr. Tyrell es asesinado por el mejor de sus androides, Roy Batty.

Supongo que ya muchos pensaron en otro ejemplo clásico. La cosmología de Terminator. En esa historia, a estas alturas llena de paradojas temporales, se construye una computadora tan pero tan poderosa, tan completa, que la joyita cobra noción de su propia existencia y, acto seguido, provoca una guerra nuclear aprovechándose de los mecanismos de respuesta automática de los silos de misiles rusos, gringos, chinos y demases. Esa computadora, más conocida como Skynet, no tiene más propósito que su propia perpetuación, un fin para el cual los humanos no prestan ninguna utilidad. Son poco más que animales en una tierra devastada y poblada por robots autosuficientes, que obedecen a una mente central. Entre medio la historia narra los juegos de la resistencia para eliminar a las máquinas, y de las máquinas para eliminar a la resistencia mandando robots a los años 80 y cosas peores. Sin embargo la serie culmina con una luz de esperanza. Un robot tan pero tan parecido al ser humano que es querendón.

Muy por el contrario, en el universo de Matrix la humanidad sí tiene una función muy concreta: son pilas biológicas cuya energía es cosechada por los robots. Esas pilas somos nosotros mismos y nos hacen soñar un sueño en común, en el cual todos creemos vivir una vida normal sin saber que han pasado siglos desde que los robots esclavizaron a la humanidad. En la serie de cortos Animatrix, que salió poco después de la primera película, cuentan cómo el ser humano fue confiando más y más tareas cruciales a robots más y más avanzados, hasta que llegado un punto -y en respuesta a los malos tratos- los robots se rebelaron y pegaron de vuelta.

En la cinta Yo, Robot del 2004 (basada lejanamente en la obra de Asimov) también hay una rebelión de las máquinas. En 2001 Odisea en el Espacio, la computadora de a bordo, HAL-9000 decide que el éxito de la misión es más importante que la vida de los tripulantes. En fin, como dije antes, ejemplos hay muchos.

En Conclusión…

Mientras no ocurra lo que se proponen los expertos en robótica e informática, en realidad asumir que un robot pensante podría rebelarse es una apuesta tan rebuscada como asumir que será parecido a Robin Williams en El Hombre del Bicentenario. A priori asumimos que el hecho de pensar le otorgaría personalidad a una máquina, cuando no estamos seguros si el pensamiento racional y la personalidad van siquiera de la mano en la mente humana.

Por otro lado, pensar en robots sedientos de poder, opresores y verdugos, es pensar que el intelecto por naturaleza tiende a la codicia y el abuso. Eso es algo que tampoco sabemos y la evidencia es que, aunque rudimentaria, la inteligencia en los animales es muy real y a la vez desprovista de maldad. Tal vez toda la mitología en torno a los robots inteligentes y malvados no es más que el reflejo de nuestra alma en un espejo oscuro, la noción omnipresente de que somos una especie malvada, que tiende a la guerra, al crimen, a destruir nuestro propio habitat. Sería más natural pensar que la maldad del ser humano es una excepción entre los mamíferos, y que un robot inteligente podría tener en cambio el caracter amistoso e inocente de un perro o un delfín.

Evidentemente, tendremos que esperar a que lo inventen para saber cómo se comporta, y eso posiblemente no llegaremos a verlo nosotros, ni acaso nuestros hijos. Para bien o para mal, será la mano del hombre la que escriba el destino de nuestra especie, ya sea para construir un futuro brillante en donde mano de obra automatizada nos atienda como reyes, o bien una distopia en donde los robots nos esclavicen o derechamente nos extingan. Como casi siempre se ha cumplido para la raza humana, lo bueno y lo malo que nos pase  lo habremos forjado nosotros mismos.