Porfirio Negado: Un Celular sin teclas

Porfirio Negado: Un Celular sin teclas

Nota de la Redacción:  A partir de esta semana, pretendemos incorporar a nuestra parrilla de contenido las colaboraciones ocasionales de don Porfirio Negado, un conspicuo colaborador voluntario que compensa su ignorancia tecnológica con un relato detallado de la misma en situaciones cotidianas.  Denle una calurosa bienvenida a su primera columna que dice así:

¡Me cago en la leche! Lo que se suponía debían ser unos merecidos días de vacaciones se han transformado en una complicación total. Resulta que decidí venir a pasar unos días a La Serena, porque las noches frías de Santiago ya me tenían cabreado. En eso estaba, preparando mi viaje, cuando mi hermana se enteró de mis planes y me pidió, prácticamente me ordenó, que comprara un teléfono móvil. “¿Y si necesito ubicarte mientras andas de viaje?”, fue su único argumento, el cual repitió hasta el hartazgo. Pues no me quedó otra que a todo el lio de encontrar alojamiento y hacer maletas, sumarle el jaleo de comprar un móvil y contratar un plan.

La verdad es que no estaba para andar cotizando móviles en todas partes. Por lo mismo, decidí acudir a la sucursal de una compañía que me recomendaron y pedí lo que necesitaba. “Necesito un teléfono”, le dije a la amable chica que me atendió. Y en ese preciso instante comenzaron mis problemas, porque esta chavala me pasó un libro con fotos de móviles para que eligiera, mientras me explicaba que algunos eran con pantalla táctil y otros hasta podían activarse por voz. Además, me aseguraba que todos tenían banda no sé cuánto y una cosa que no había escucha nunca: WI-FI. ¿Qué coño es WI-FI? El asunto es que traté de explicarle a la señorita que lo que necesitaba era un teléfono para que mi hermana me pudiera ubicar cuando yo estuviera en La Serena de vacaciones, nada más que eso. Pero no hubo manera de hacerla entender, y al final salí con un teléfono plateado con una tremenda pantalla.

Una vez en casa, comencé a inspeccionar el móvil y me di cuenta que no tenía teclas por ningún lado. Llamé –desde mi teléfono fijo- a la compañía y les conté del problema, pero me dijeron que así eran los teléfonos de pantalla táctil y que no debería tener problemas para usar la pantalla a modo de teclado. También me sugirieron, amorosamente, que le diera un vistazo a las instrucciones del móvil antes de volver a llamarlos. La verdad es que leí el folleto completo y quedé más colgado aún, por lo que no me quedó otra que invitar a merendar a uno de mis sobrinos para que me enseñara a usar el teléfono. El tiempo apremiaba, porque a primera hora de la mañana siguiente debía tomar mi avión rumbo a La Serena.

Tras despacharse una tortilla de patatas completa y arrasar con casi todas las cervezas que tenía en mi refrigerador, mi sobrino Paco tomó el móvil y en cosa de minutos ya estaba hablando con unos amigos y hasta se dio maña para tomarme unas fotos. Luego intentó explicarme cómo se usaba el aparato, pero la verdad es que no hubo caso que me resultara. Apretaba y apretaba la pantalla, pero las teclas no aparecían por ninguna parte. La verdad es que me anduve poniendo nervioso, porque la tarde avanzaba y no lograba dominar el maldito móvil. Más encima, mi sobrino me decía que su madre –mi hermana- le había dicho que si yo no aprendía a usar el aparato, que mejor me olvidara del viaje a La Serena. Justo cuando ya perdía la paciencia, Paco dijo que tenía la solución. Agarró un cuchillo cocinero y abrió mi móvil nuevo y el suyo, una cosa roja horrible, pero que al menos se notaba de lejos que era un teléfono, con teclas y todo. “Le voy a poner tu chip al mío, para que no te hagas problemas”, me dijo.

Para no alargarme en explicaciones, les cuento que finalmente me vine a La Serena con el teléfono de mi sobrino. La verdad de las cosas es que no lo he usado para llamar a nadie, porque en el hotel tengo teléfono fijo, de los que me gustan a mí. Lo que sí hago es atender los llamados de mi hermana, que al menos tres veces por día me llama para saber si estoy bien y me pregunta que cuando vuelvo a Santiago. Yo le digo que estoy bien, porque me he topado con unos amigos que andaban en estos viajes del adulto mayor y nos lo estamos pasando muy bien. También le he dicho que no tengo claro cuando regrese a casa, porque me están dando ganas de ir al Valle del Elqui, que me han contado es muy bonito. Mi sobrino también me llamó, para contarme que el aparato nuevo con el que se quedó “es bacán”, porque tiene cámara fotográfica, sirve para conectarse a internet y “se puede bajar música”.

No entiendo muy bien a qué se refiere con eso de “bajar” la música, pero me alegra que esté contento con ese móvil, que seguro a mí no me serviría de mucho. Y bueno, el que estoy usando ahora tampoco me es de gran utilidad. De hecho, ya tengo decidido que llegando a mi casa en Santiago lo voy a apagar y lo guardaré en un cajón. Porque si uno tiene un teléfono en la casa, como la gente normal, ¿Para qué coño necesito un móvil? Ahora, si éste no tiene teclas… eso ya no lo entiende nadie.