Internet, ¿un derecho fundamental?

Internet, ¿un derecho fundamental?

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Hoy 17 de mayo, día de las telecomunicaciones, homenajeamos a la reina de las telecomunicaciones, Internet, discutiendo concienzudamente si acaso es correcto considerarla un derecho fundamental.

Introducción

Fundación y posterior funcionamiento de Colonia Dignidad en Chile, con Paul Schäfer a la cabeza; régimen nacionalsocialista en Alemania bajo el mando de Hitler; revolución cubana y el eterno régimen castrista; y China con su ya particularmente conocida y delicada situación respecto de las libertades individuales.

¿Qué podrían tener en común los episodios antes mencionados, en este desvarío aparentemente sin sentido? ¿Existe alguna vaga noción que se les pase por la mente al pensar en todos aquellos casos?

Desde luego, todas las situaciones listadas comparten un rasgo, una noción, un concepto en común: derechos humanos.

Cuando nos referimos al concepto de “derechos humanos”, rápidamente uno tiende a asociarlo con la valoración de ciertas libertades o facultades esenciales de nuestra especie y, sobre todo en contrario, ciertos abusos y violaciones sistemáticas. Acto seguido, de seguro comenzarán a recordar más casos del estilo antes expuesto, ya que la historia universal se encarga de concedernos una generosa cantidad de ejemplos (aunque más de algún caso actual hay por ahí, igualmente).

¿Qué otras nociones un poco más específicas podrían venírsenos a la mente al hablar de derechos humanos? Seguramente, y a la luz de los ejemplos de lesiones de derechos o violaciones sistemáticas ya mencionadas, ideas como el derecho a la vida (el más sacrosanto de todos), la libertad religiosa, la libertad de expresión y la libertad de información, entre otros.

Pero vamos acercándonos un poco más al tema que motiva esta columna. Porque los derechos humanos no sólo versan sobre tratos crueles, inhumanos y degradantes, genocidios y atropellos a sociedades completas por su pensamiento religioso o político. También se relacionan con la libertad de informarse, manifestarse y, algunos creen, conectarse a Internet.

Distinguiendo los fines de los medios

Enfocándonos un poco más en el ámbito tecnológico, que es lo que nos compete e interesa, tendríamos que preguntarnos, ¿qué implicancias podría tener la vinculación de los derechos humanos con Internet, por ejemplo?

Precisamente, la red de redes permite hoy en día “concretar” o hacer efectivos algunos de los derechos antes mencionados, convirtiéndolos en algo más práctico que teórico, filosófico o jurídico. Y así como, por ejemplo, la prensa escrita o la TV nos permiten materializar la pretensión de informarnos libremente, y la posibilidad de viajar entre regiones sin mayor inconveniente nos permite efectivamente ejercer esa preciada libertad de movilización, Internet es un medio imprescindible a través del cual podemos ya no sólo informarnos, sino también comunicarnos y expresarnos libremente y sin censura (al menos la mayor parte del tiempo). El problema, sin embago, deviene cuando confundimos un simple medio por el cual se materializa el ejercicio de un derecho, con la esencia de ese bien jurídico o derecho humano al que se sirve.

Recurramos nuevamente a los ejemplos anteriores para explicarlo de mejor manera. Una cosa es la libertad de información, y otra cosa es comprar y leer el diario. Una cosa es la libertad de movilización, y otra son los servicios de vuelo de los que dispone una determinada aerolínea que a su vez nos cobra para subirnos a bordo y viajar.

O vamos a un caso reciente, a propósito de la controvertida situación entre Google y China. ¿Es lo mismo que el régimen político de turno permita el sano ejercicio del derecho a expresar opiniones, de forma libre y sin censura, que tener acceso a Internet, un “buscador en concreto” o determinado sitio web? Y he allí, a mi parecer, el meollo de una cuestión que se ha suscitado hace relativamente poco: ¿es posible o no considerar Internet un “derecho fundamental”?

Pero antes de expresar mi postura al respecto, resulta necesario que tengamos claro qué podemos entender por “derechos fundamentales”, concepto que se ha tratado generalmente como sinónimo de derechos humanos, derechos esenciales y, en cierta medida, derechos constitucionales. Disquisiciones doctrinarias más o menos entremedio, podemos identificar aquellos como garantías y facultades inherentes del hombre, que le son propias por su sola naturaleza humana, y se encuentran más allá del reconocimiento que puedan prescribir las leyes (RODRÍGUEZ PUERTO Manuel Jesús, Manual de Derechos Humanos, p. 14).

Dicho de otra manera, por el solo hecho de ser personas, tanto tú como yo y todos nosotros tenemos derecho a la vida, a la libertad de expresión, a la libertad de culto, a vivir nuestra vida íntima al margen del conocimiento público y al reconocimiento de nuestra propiedad privada como tal. Todas facultades que, insisto, le son propias al hombre incluso si las leyes no lo garantizan expresamente o, yendo más allá, incluso si el Big Brother de turno impide un ejercicio efectivo de estos derechos (por ello es que existen los tratados internacionales y ciertas presiones de la comunidad internacional sobre determinados regímenes, en definitiva).

Acceso a internet, ¿un derecho fundamental?

Como en todo orden de cosas, estas nociones también evolucionan, cambian y se van flexibilizando. Y no es para menos: de salvaguardar la integridad física o los derechos civiles y políticos de una persona, frente a verdaderos abusadores, genocidas y regímenes opresores, los derechos humanos han terminado garantizando el que todos podamos buscar un trabajo, acceder a la educación o vivir en un medio ambiente libre de contaminación. Todos ellos, con sus claras diferencias y correspondientes distinciones doctrinarias entremedio, son derechos fundamentales.

Otra muestra de esta evolución en la noción de derechos fundamentales, y sobre la que profundizaremos en esta ocasión, se aprecia cuando en marzo de este año la BBC realizaba una multitudinaria encuesta online, en 26 países (entre los cuales sí estaba Chile), consultando a alrededor de 27 mil personas si acaso debía considerarse Internet como un derecho fundamental. Y los resultados, a primera vista, resultaron ser cuanto menos sorprendentes.

Para no seguir extendiéndome sin asunto (aunque les recomiendo profundizar por su cuenta en los resultados de la encuesta), recurriré al indicador principal y el que más nos interesa para efectos de esta columna: el 79% de los consultados cree que, en efecto, el acceso a Internet debiera ser reconocido como un derecho fundamental. Es decir, hablamos prácticamente de 4 de cada 5 personas en el mundo.

No se trata por supuesto de una cifra realmente representativa o determinante, pero la pretensión de declarar el acceso a Internet como un derecho fundamental es un tema que en el último tiempo ha sido puesto sobre el tapete en más de una oportunidad. Por ello me parece interesante abordarlo desde una perspectiva -tal vez- un poco menos aficionada.

Antes de defender mi visión sobre el tema, no colocaré en duda que, a día de hoy, Internet resulta imprescindible para todo. Compramos, nos comunicamos, nos informamos y nos permitimos expresar al mundo quiénes somos gracias a Internet. Pero también es cierto que el automóvil tampoco deja de ser un medio o artefacto sin el cual el mundo hoy no sería mundo. ¿Y han escuchado hablar de alguien a quien se le haya ocurrido “constitucionalizar” el “derecho a tener un automóvil”?

El caso práctico por excelencia a analizar en esta materia (y probablemente el más representativo en la actualidad) es el de Finlandia, país que, según insisten en mencionar los medios, ha hecho del acceso a Internet un “derecho fundamental”. Incluso, el gobierno de dicho país ha ido más allá al afirmar hace un mes que, para el 2015, pretenden garantizar a todos sus ciudadanos una conexión a Internet de al menos 100 Mbps.

Pero nada de lo anterior obsta a creer que efectivamente se ha hecho (o se va a hacer) del acceso a Internet un derecho fundamental. La medida anunciada por el Ministerio de Comunicaciones de Finlandia nos parecerá a todos muy simpática, pero aquello tiene que ver más con la implementación de políticas públicas que con “crear nuevos derechos fundamentales”. ¿O acaso creen que el solo hablar de un “derecho” implica distribuir el servicio gratuitamente entre los ciudadanos? Porque, más allá de lo lindo que se lea en el papel, es de perogrullo que todos esos humildes hijos de vecino deben pagar lo que ocupan.

Por otra parte, el acceso a la educación y la salud son ejemplos de garantías estatales que poco a poco, y a veces con cierta reticencia, han ido siendo abarcadas dentro del abanico de derechos fundamentales. Sin embargo, para quien defiende dicha postura, hablamos de necesidades realmente básicas, al punto que si no se tiene dinero y el Estado es incapaz de brindar un servicio médico o educativo mínimo, las expectativas de supervivencia se vuelven excesivamente complejas.

Más allá de lo anterior, pensemos que todavía se discute si acaso el agua, un bien natural básico sin el cual el hombre simplemente no podría sobrevivir (ojo, que podrá parecernos imprescindible estar conectados, pero nadie se muere si se cae la conexión a Internet durante una semana), debe ser considerado un derecho fundamental o no. Y no pudiendo ponernos de acuerdo en ello, ¿tiene sentido sentarnos a conversar e invocar los todopoderosos derechos fundamentales para garantizar a la humanidad un libre acceso a Facebook o Google? Creo que la respuesta es de sentido común.

Tiendo a pensar que la comparación del acceso a Internet con derechos como la integridad física, la libertad de expresión o el acceso a la educación resulta algo forzosa. Pretender elevar Internet a un carácter de cuasi-patrimonio de la humanidad me parece excesivo, por muy sociedad de la información en la cual nos encontremos inmersos. Y por ello resulta natural pensar (se trata de una cuestión casi de sentido común) que el derecho a twittear o comprar por eBay no está a la altura o simplemente no puede compararse con el derecho a informarse, opinar (recordemos en este sentido, y remitiéndonos a lo que decía en un principio, que Internet no es un fin en sí mismo, sino sólo un medio) o practicar el culto religioso que nos plazca.

Quizá la idea podría quedar más clara en términos negativos: ¿es tan grave como atentar contra el derecho a la intimidad o la honra (agregando más ejemplos de derechos fundamentales), el no garantizar formalmente a alguien su acceso a Internet? Conectarse a la red de redes se trata, a todas luces, de un problema que cada individuo podrá resolver de forma particular o privada, sin necesidad de que nadie le reconozca ese supuesto derecho. Y si así quisiera hacerse, volvemos nuevamente a la idea de que se trata de simples políticas públicas más -tal vez- algo de marketing, y no de constitucionalizar lo que sobra, no puede o no debe ser constitucionalizado.

Por último, pensemos que todavía existen derechos humanos cuyo ejercicio resulta imposible observar en ciertas regiones, por ejemplo, de Asia, África e incluso Latinoamérica, donde el sólo hecho de hablar de democracia a veces puede ser un tabú. Si nos percatamos de que en ocasiones ni siquiera existen condiciones básicas que garanticen la proyección de una vida mínimamente saludable, ¿cómo hablaremos de garantizar el acceso a una conexión? El solo hecho de pensar en ver el “acceso a un servicio de Internet de calidad” en la Carta de Derechos Humanos, junto al derecho a la educación, me parece anómalo. Esto es casi como exigir el “derecho a Internet” cuando ni siquiera existe un “derecho a la electricidad” (y no es que esboce como bandera de lucha la proclamación de este último, sino que intento ilustrar en términos prácticos cómo uno no puede pretender convertirse en astronauta y llegar al espacio, cuando ni siquiera se ha aprobado física en el colegio).

Para ir cerrando…

Como probablemente el 99% de ustedes, también me considero aficionado y hasta dependiente de la tecnología. Y no voy a cometer la aberración de negar lo trascendental que ha resultado ser Internet para el mundo en las últimas dos décadas (no creo que haya nada que discutir a este respecto). Sin embargo, ello no puede permitir que nos ceguemos ante realidades mucho más amplias y complejas, que no pueden reajustarse por lo que a nosotros simplemente nos parezca más cómodo o interesante como “geeks”.

¿Es imprescindible Internet en mi día a día? Desde luego. ¿Debe universalizarse? Sí. ¿Debe hacerse del acceso a una conexión de banda ancha un derecho humano? No, en absoluto. Primero preocupémonos de democratizar y extender el respeto de los verdaderos derechos fundamentales a regiones en donde no se cumplen, y luego  ocupémonos, si se quiere, de garantizar otros bienes básicos.

Bibliografía electrónica:

A new approach to China (The Official Google Blog)
Four in Five Regard Internet Access as a Fundamental Right: Global Poll
(BBC)
Finlandia hace del acceso a Internet de banda ancha un derecho fundamental
(El Mundo)
El agua sigue sin ser un derecho fundamental
(El Mundo)

Bibliografía escrita:

RODRÍGUEZ PUERTO Manuel Jesús, Manual de Derechos Humanos. Capítulo I: Algunas precisiones en torno a los derechos humanos.