Una historia de videojuegos entre padre e hijo.

La primera consola que tuve fue un Atari 2600 y el primer título que probé en esa plataforma fue Asteroids. Sin embargo, ese no fue mi primer contacto con los videojuegos, pasatiempo que, claramente,  aún conservo.

El recuerdo más antiguo que tengo de un juego electrónico es Centipede en su versión arcade. No me pregunten la fecha, porque no la sé; lo que sí sé es que estaba en un restaurante desconocido en la frontera texana, comiendo con mis padres. El local tenía tres gabinetes de videojuegos al fondo, cerca de los baños.

En lo que nos traían la cuenta, papá le pidió a mamá que nos esperará en la mesa. Me tomó de la mano y me llevó, a paso veloz, hacia las maquinitas. Centipede estaba al centro; no logro recordar cuales eran las otras dos. Ignoro por qué escogió específicamente ese juego, supongo que era por lo fácil que se veía.

Flexionó su rodilla izquierda y la pegó a la maquina. Me levantó y me sentó en su muslo, apretándome con su cuerpo contra el gabinete, para que no me callera. Sacó un cuarto de dólar de su bolsillo y se dispuso a deslizarla por la ranura de color rojo.  “Pícale al botón lo más rápido que puedas. Rápido, rápido, rápido”, me dijo. Yo, como lo hacía a esa edad, lo obedecí al pie de la letra.

Dejó caer la moneda. “¡Ya! Pícale”. Presioné ese botón tan rápido como pude. Estaba tan concentrado en mi tarea que no veía la pantalla. Volteé para ver que hacía mi papá y lo vi moviendo una esfera que salía del tablero de la maquinita. “Mira, vamos ganando”, y me indicó con su mirada a que viera el monitor. Entonces vi lo que estábamos haciendo: un gusano bajaba entre los hongos y mi papá y yo teníamos que eliminarlo.

Los colore fluorescentes provocaron que fijara mi vista en ellos y no en el botón que continuaba presionando. No tardé mucho en darme cuenta que yo disparaba las balas mientras mi padre movía el monito para esquivar al dichoso gusano y algo que parecía una araña.

Cuando perdimos todas las vidas que teníamos, regresamos a la mesa, papá pagó la cuenta y abandonamos el lugar.

Después—días, semanas, meses o un año después—, llegó a mi casa, sin pedirlo, un Atari 2600. Jamás lo había visto antes; no sabía que era. Mientras lo instalaba en una vieja televisionzota Sony, mi padre me explicaba que el aparatejo ese, con acabados en madera, nos permitiría jugar muchos juegos en la tele.

Encendió el monitor, conectó un control a la consola, después insertó un cartucho, presionó un interruptor en cada uno de los aparatos… y se hizo la luz: Una nave al centro de la pantalla le disparaba a unas piedras que flotaban por todos lados. Me enseñó cómo se jugaba y nos turnamos disparándole a las rocas.

Al control se le colocaban carátulas que indicaban cuales botones presionar.

Además de Asteroids, jugué Pac-Man, que no se parecía para nada al juego de la maquinita; unos juegos de Plaza Sésamo que hacían uso de un control que parecía un gran libro azul con teclas telefónicas; y también E.T. The Extra-Terrestrial, un juego que nunca entendí. 16 años después me enteraría que ese juego era tan malo que prácticamente contribuyó a la crisis de la industria de los videojuegos de 1983 y 1984.

Con el pasar de los años, consolas de videojuegos vinieron y consolas de videojuegos se fueron. Después del Atari 2600, las plataformas las adquirió mi padre porque yo y mis hermanos se lo pedimos. A partir de la era de los 32/64-bit, yo cooperé en la compra de las consolas al aportar dinero que tenía ahorrado.

A pesar de las múltiples consolas que pasaron por mi casa, ya no jugué videojuegos con mi padre. Sólo me contemplaba jugándolos, me preguntaba cuál era el objetivo del juego o cómo se llamaba. Si me veía leyendo cómics, dibujando o haciendo cualquier otra cosa, me preguntaba si ya había terminado el último título que me había comprado.

Cuando yo estaba de vacaciones de la escuela, él se iba temprano al trabajo y me veía videojugando frente al televisor. Cuando regresaba por la tarde, me encontraba de nuevo videojugando frente al televisor. Se enojaba porque me decía que me la pasaba todo el día en eso, pero no se daba cuente de que en el inter me ponía a hacer otras cosas.

Mídela y pégale

No fue sino hasta hace poco, en noviembre de 2006 para ser medianamente exacto, que volví a jugar un videojuego con él. Como se había hecho fanático del golf, le puse Wii Sports para que intentara jugar su deporte favorito de forma virtual.

En unos cuantos minutos logró medir su fuerza y calibrar sus movimientos. Jugamos nueve hoyos. Casi me ganó; la diferencia fue de un tiro.

Jugó varios hoyos más con mis hermanos mientas mi mamá los veía, esperando su turno. Cuando ella jugaba, él se acercó a mí. “Está increíble esta madre”, me susurró sorprendido; no podía creer que la consola registrara los movimientos que hacía con sus manos. “Y pensar que todo empezó con una palanquita jugando Asteroides”.

Lo que para mí había sido una evolución gradual, para él había sido un salto cuántico.