Cuando terminas tus videojuegos ¿qué haces con ellos?

Soy un hombre de rituales. Comprar cómics, cuando compraba, implicaba una serie de pasos que le hubieran parecido ridículos, obsesivos, a cualquier persona ajena al tema; tenían que ver con el estado físico de la historieta, la bolsa en la que sería depositado una vez que lo leyera y la rigidez del cartón que utilizaría como respaldo. Dichos rituales los adopté y adapté para la adquisición de videojuegos.

Sin embargo, el problema, si me permiten llamarlo así, no termina al momento de hacerme de un juego, sino que continúa tras haberlo terminado, cuando es momento de ponerlo en la repisa que lo albergará por un buen tiempo hasta que decida jugarlo de nuevo.

No, no me deshago de mis videojuegos una vez que los termino. No los vendo, no los regalo, no los intercambio, no los dono. Sí, soy un coleccionista. Mantengo un acervo electrónico que data desde la época del SNES. Ese es mi don, mi maldición.

¿Por qué habría de deshacerme de mis videojuegos?

Al igual que los libros, conservo mis juegos de video en un librero de mi cuarto. Así ha sido, así es y, seguramente, así será mientras siga con este vicio hobbie. Atesoro mis videojuegos como otras personas, entra las que me incluyo también, atesoran los libros, pues fueron parte importante de mi formación.

Volver a jugar un de los títulos en mi colección no sólo me trae recuerdos de esos mundos y personajes virtuales, sino que automáticamente, en sincronía, regresan a mi mente los momento que vivía en esa época. Mi ajetreada vida escolar con las salidas temprano para irme al cine con los amigos. Los fines de semana con la obligada carne asada en familia. La primera vez que manejé un automóvil. Los fanfics y dibujos que creaba basado en esos videojuegos. El beso que le robé a mi mejor amiga con ánimos de que pasara algo más.

Debido a que gozo de tal manera al jugarlos nuevamente, me parece increíble enterarme de amigos, también videojugadores, que no les importa si el manual es devorado por la mascota, si la caja de plástico se rompe al pisarla o si una vez terminada la aventura da lo mismo si el disco se raya o no.

My precious!

El dilema

Nunca he considerado la idea de deshacerme de mis videojuegos, hasta hace poco. Debido a la situación económica desfavorable en la que me encuentro –y creo que no soy el único- tuve que tomar una decisión muy difícil. Tenía que reajustar mi presupuesto, así que algo se tenía que ir; tenía que dejar uno de mis vicios hobbies. Se fueron los cómics.

Como no quiero que los videojuegos sean los siguientes en la lista, coqueteé con la idea de vender algunos de los juegos de mi colección. Pero no pude. No podía dejar ir tan fácil una pieza del rompecabezas de mis recuerdos. Estoy consciente que, tal vez, me vea orillado nuevamente a esa posición, pero prefiero no pensar en eso por ahora.

Sigo amasando esa colección. Juego que entra, juego que se queda. No sé, quizá llegue el momento en que uno de mis bisnietos, si es que me apareo y engendro descendencia, aparecerá en Antiques Roadshow con un titipuchal de objetos arcaicos en forma de donas aplastadas con los que, según le contaba el abuelo, se divertía el ruco ese al que él llamaba papá.

Pero mi almacenamiento no es por razones monetarias, es por razones sentimentales. Sí, llámenme cursi, pero ese es mi motivo. ¿Cuál es el tuyo?