Encumbrando satélites

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Desde chico pensaba qué ocurriría si uno dejaba caer un cordelito desde la Luna hasta la Tierra. Con el tiempo me resigné a que un cordel de tantos kilómetros de largo sería tan pesado que cualquier material se cortaría.
Y como suele ocurrir con la tecnología, hoy llegó un momento en que ya no parece tan imposible.

Las fuentes del paraíso

En 1978, Arthur Clarke, el escritor detrás de 2001 Odisea en el Espacio, y otras novelas de ciencia ficción (recomiendo Regreso a Titán) escribió un libro llamado “Las Fuentes del Paraíso” que trataba de lo mismo que esta noticia: un ascensor que conecta la tierra con una estación espacial, obviamente geosincrónica para que no se ladee el ascensor no?

La idea no es exclusiva de Arthur Clarke, y recuerdo una novela de Phillip K. Dick (autor de cuyas ideas salieron Minority Report, Total Recall y Blade Runner entre otras) llamada La Torre de Cristal, también con la idea de una construcción capaz de llegar al espacio.

Por muy absurda que la idea pudiese resultar, por conceptos estructurales y de resistencia interna de los mismos materiales, hay esperanzas de que esto sí pueda realizarse dentro de los próximos 15 años.

Cuál es la idea?

Además de lo vistoso que suena un proyecto como el descrito, hay una razón práctica -si es que cualquier cosa en la carrera espacial puede considerarse como tal- detrás de ello. Si con la tecnología actual el costo de llevar materiales a una estación espacial es de unos 20.000 dólares por libra, el costo se reduciría a un 5%. USD 400 si pudiese usarse un ascensor espacial.

Una baja de los costos de ese monto terminaría con el concepto prohibitivo del viaje al espacio, reflotando la idea de un hotel satelital de lujo.

Pero cómo podría hacerse?

Después de años resignados a que no hay material que aguante, el reciente perfeccionamiento de la manufactura de los nanotubos de carbono cambió el panorama. Los nanotubos con estructuras cilíndricas huecas de carbono, de un diámetro de unos pocos nanómetros (pensemos que los transistores más pequeños andan por los 65 nanómetros actualmente). Son formaciones sumamente flexibles y resistentes, y el único contra que por ahora tienen en lo inmaduro del proceso de fabricación y las inherentes dificultades de ello. Es cosa de ir soltando la mano para peinarse con los nanotubos.

Entre paréntesis, cuando estaba en la universidad ví estos nanotubos en un curso llamado “Métodos modernos de manufactura”. Je, en ese momento los encontré simpáticos pero no los pesqué ni en bajada.

Bueno, la cosa es que los nanotubos sí podrían ser capaces de soportar su propio peso (por demás ínfimo) gracias a su extraordinaria resistencia. Este “ascensor espacial” en realidad sería como una cinta de un metro de ancho y tres o cuatro milímetros de espesor, una especie de lombriz solitaria gigante de 800 toneladas. Esta cinta se mantendría estirada por el peso de un satélite de 600 toneladas. No se pongan a sacar cuentas absurdas: dependiendo de la distancia del satélite la aceleración centrífuga puede perfectamente contrarrestar la gravedad aplicada a la cinta… provisto que el material aguante.

A lo largo de esta cinta, unas plataformas llamadas “climbers” irían subiendo lentamente, energizadas solarmente. La subida demoraría semanas, pero al final llegarían. Creo que la conveniencia de usar estos climbers es que no hay tanta generación de calor como con un motor de combustión interna. Imagínense un ascensor con turbina derritiendo la cinta y mandando todo al cuerno.

No sé a ustedes, pero la idea de las plataformas subiendo lentamente por el cordón me suena como cuando uno amarra un papelito en el hilo del volantín (cometa para los extranjeros) y mira cómo va subiendo centímetro a centímetro como por arte de magia.

Fuente:Telegraph