Cómo hacer volar un hexacóptero a 5.000 metros de altura

Ariel Marinkovic participó en el logro de un nuevo récord Guinness al hacer volar un hexacóptero sobre 5.000 metros de altura. En esta entrada, explica cómo se logró la hazaña.

El sol despunta sobre la planicie de Chajnantor, a más de 5.000 metros de altura en la Cordillera de los Andes y hay apenas unos 3°C. En la nieve un pequeño y radiocontrolado insecto de fibra de carbono se yergue entre las casi 60 antenas que componen el Radio-Telescopio ALMA (“Atacama Large Millimeter/submillimeter Array”); el proyecto astronómico más grande del mundo, ubicado en la región de Antofagasta, Chile.

Lo que busca aquí el pequeño bicho es hacer la primera fotografía aérea del observatorio ya operativo… E intentar romper el Récord Guinness de vuelo en altura con multirotores.

La pregunta "¿Volará?" nos viene persiguiendo desde los 475 metros de altura de Santiago, 1600 kilómetros más al sur, donde con el equipo de X-Cam, decidimos intentar despegar en Chajnantor, uno de los lugares de más difícil acceso del planeta. No es gratuito que nadie haya volado aquí antes. A mayor altura el aire es menos denso y las hélices pierden sustentación. Además, la falta de oxígeno de la altura obliga a aclimatarse u oxigenarse artificialmente, so pena de “irse a negro” durante el vuelo.

En el suelo, en un manchón de rocas pulidas por el hielo y rodeadas de nieve de la última tormenta, el insecto titila con luces verdes y rojas posicionándose satelitalmente, mientras sus seis hélices vibran sacudidas por el viento cordillerano. Entre los monitores, dos tubos de oxígeno esperan no ser necesarios. Técnicamente, el equipo es un drone eléctrico tipo hexacóptero, con capacidad de fotografía y vídeo aéreo. Se pilota por control remoto y está diseñado para volar 4.525 metros más abajo.

Adaptarse a la altura

(c) EFE / Ariel Marinkovic (c) EFE / Ariel Marinkovic

Los programas de cálculo que se usan para montar estos equipos aseguran que no será posible despegar y lo mismo nos ha advertido la mayoría de aeromodelistas en diversos blogs a lo largo del mundo: "Desplace su multirotor 3000 metros más abajo" repiten, mientras cruzan apuestas sobre el intento. Nosotros apostamos a nuestras modificaciones técnicas y a la naturaleza. En un viaje anterior grabé en los géiseres del Tatio a 4200 msnm y vi gaviotas en el lugar. "La naturaleza es lenta pero no tonta", pensé. Un ave no volará donde tenga que ocupar un 90% más de energía, sólo para comer un plato distinto... espero.

Lo que sí estaba claro es que había que modificar y alivianar el equipo. Cambio de hélices por unas con más empuje. Luego, convertir el equipo en un “hexacóptero light”; fuera transmisor FPV, estabilizador de cámara, luces de posición y tren de aterrizaje. Ahora habrá que recibirlo a mano. En la dieta/despiece, el equipo adelgazó 1.2 kilos y ahora toca pensar en el frío.

Con una temperatura media de 4°C, la carga de las baterías se ve reducida en un 75% o más. ¿Qué harías si fueras una batería en medio de la nieve y el viento? No hacía falta ser un científico de ALMA para saber qué hacer. Diseñamos unas frazadas de tela térmica y aluminio para cada batería, para “vestirlas” antes de montarlas. Y eso luego de empollarlas en una parka dentro del auto, apuntándoles con la calefacción hasta última hora. Así, al menos durante unos minutos, se mantendrían temperadas.

La prueba

(c) EFE/Ariel Marinkovic (c) EFE/Ariel Marinkovic

Comparados con ALMA, nuestras ambiciones eran bastante modestas. Mientras que el radio telescopio busca en el espacio a miles de años luz de la Tierra, nosotros sólo esperamos levantarnos unos 90 metros sobre la planicie. El diámetro total de las 66 antenas es de 16 kilómetros (y 12 metros cada una), sobre los 60 centímetros de nuestro hexa. Los camiones que transportan las antenas tienen un peso de 120 toneladas; 119.998 kilos más que nuestro insecto en su mejor momento. Quizá lo único en común es que ambos comparten la transmisión por ondas de radio y el afán por hacer algo nunca antes visto.

Entretanto, las luces del hexacóptero titilan rápido, avisando que el equipo ya se posicionó satelitalmente y que memorizó esa posición como “Home”. Si por alguna razón el insecto perdiera contacto con la radio, entraría en modalidad de “Failsafe” volando en piloto automático a aterrizar en el mismo punto donde despegó. Una de las docenas de medidas básicas de seguridad que previamente coordinamos con ALMA.

Finalmente, tras una última revisión, las hélices giran; el bicho vibra, acelera y su zumbido comienza a destacar sobre el viento. De pronto, el hexacóptero salta en el aire y comienza el primer vuelo registrado de un multirotor a más de 5000 msnm, remontando la altura majestuosamente, como un gigantesco zancudo auspiciado por alguna marca de cámaras deportivas. La radio indica que la temperatura de los motores es de 3°C y el voltaje se mantiene estable.

Tras una concisa prueba de estabilidad, tomamos altura cautelosamente. Es hora de comenzar a apuntar el equipo a las parábolas para tomar las fotografías. El zancudo zumba y se posiciona en lugares donde estimamos que la imagen será la que queremos. Como al alivianarlo sacamos el estabilizador de cámara, volamos a ciegas, confiando en saber imaginar la fotografía desde 300 metros más abajo.

En las capas más altas el viento sopla a rachas, arrastrando al equipo y haciéndolo perder estabilidad, obligándonos a mantener la concentración a tope. Mantener la vista fija en un zancudo poco más grande que una bandeja, contra el Sol, con una sensación térmica en los dedos de unos 4°C, y volándolo sobre un radio-telescopio de decenas de millones de dólares, no es precisamente relajante y casi se agradece cuando las baterías avisan que ya estamos cerca del límite de vuelo. Han pasado 4,5 minutos, cuando casi sin darnos cuenta lo recibimos en la mano. Cinco minutos menos de vuelo que en Santiago.

Recién en ese momento nos dimos cuenta de que acabábamos de romper el record de vuelo en altura con multirotores. De haber tenido oxígeno extra, hubiéramos gritado de gusto. Ahora sólo quedaba recoger el equipo y las latas de oxígeno que vaciamos durante el vuelo, para comenzar a planificar el vuelo de mañana. ¿La meta? Superar los 200 metros de altura en Chajnantor. Por cierto, para los antiguos Lican Antai, los habitantes de estas zonas, Chajnantor significaba “Lugar de Despegue”. Desde hoy, para nosotros el nombre fue validado ¡y con buenas fotos para refrendarlo!

Nota del editor: Ariel Marinkovic es periodista y miembro de X-Cam, donde participó en el logro de un nuevo récord Guinness al hacer volar un hexacóptero sobre 5.000 metros de altura. Esta entrada (originalmente publicada en X-Cam), explica cómo se logró la hazaña.

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