El origen de... el Velcro

Muchos nos criamos con el falso concepto de que fue ideado por la NASA. Aquí quisimos reivindicar su real y trivial origen.

Siguiendo con nuestra serie dedicada a los orígenes de distintos inventos que hoy son de lo más normal para todos nosotros, están presentes en muchos momentos de nuestro diario vivir, pero que pocas veces nos preguntamos de dónde fue que surgieron, hoy nos detenemos en la historia del velcro, que si nos ponemos a enumerar la cantidad de aplicaciones donde nos lo topamos actualmente, se nos alarga eternamente la historia.

Y junto con celebrar su existencia, aprovechamos de aportar en la erradicación de la equívoca creencia de que fue creado por los genios de la NASA para sus misiones espaciales y que luego se masificaron para el uso mundano.

El acto de justicia va para con el señor George de Mestral, un ingeniero eléctrico suizo que -como muchísimos otros inventos- tomó la idea desde algún acontecimiento de la naturaleza. En este caso, se gestó en 1941 luego de un día de caza con su perro por los Alpes, cuando se detuvo a analizar los cientos de semillas de bardana que tenía incrustados en su ropa y en el pelaje de su can. Al observarlas de cerca para entender porqué le era tan difícil sacarlas, notó que sus puntas no eran tales, sino que se trataba de diminutos ganchos.

Con eso en mente, decidió embarcarse en la misión de replicarlo en un sistema de cierre con dos cintas; una de ganchos y otra de un tejido donde pudieran anclarse. De hecho, el nombre del Velcro proviene del francés, por la contracción de las palabras “velours” (terciopelo) y “crochet” (gancho).

Inicialmente lo concibió con algodón, pero el material tenía una muy corta vida útil, por lo que definió que lo mejor era el nylon. Más trabajo le costó encontrar cómo emular la otra mitad del tejido, para que fuera resistente y no se desgastara rápidamente con los tirones de los ganchos. En definitiva, le tomó ocho años en lograr los ganchos precisos y otro más para el telar de la otra tira que en definitiva fue con fibras de poliéster.

Así, recién en 1951 presentó la solicitud de patente en Suiza y le fue otorgada cuatro años después. En el intertanto fue haciendo lo propio en varios países de Europa y Norteamérica y abrió las respectivas tiendas, comenzando a conocerse como el “cierre sin cierre”. Le costó trabajo introducirlo en la industria textil, ya que parecía hecho de sobras baratas.

Recién aquí es cuando aparece en el cuento la NASA, durante la década de los ’60. La industria aeroespacial comenzó a aplicarlo para facilitar el acto de ponerse y sacarse sus aparatosos trajes. A partir de entonces se le tomó respeto y fue tomado por los esquiadores, que tenían problemas similares a los astronautas con sus vestimentas. De la misma manera, durante sus misiones espaciales los tripulantes comenzaron a utilizar el producto para fijar artefactos ante la ausencia de gravedad. Aquí ya todos comenzaron a verle mil aplicaciones domésticas, masificando su uso y generando la creencia errónea de que fueron los ingenieros de la NASA quienes inventaron el Velcro.

Y lo que definitivamente masificó el producto fue que en 1978 caducó la patente del bueno de De Mestral, lo que permitió múltiples imitaciones de bajo costo originadas en países asiáticos.

Así fue como nació y se popularizó el Velcro. Hecho ya el correspondiente acto de justicia con el ingeniero suizo, les dejo a ustedes la tarea de confección de la casi infinita lista de cosas en las que hoy en día vemos el Velcro.

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